Por: Reinaldo Spitaletta
Sombrero de mago

El señor (sub)presidente

Alumbra lumbre de alumbre sobre la podredumbre, alumbra sobre el pelele que de servidumbre está hecho. Y pasó un año con el sonrosado mozalbete en el solio de Bolívar, pobre Bolívar, defenestrado y caricaturizado por los sucedáneos. Comenzó con cabecitas balompédicas y hasta con osos como los que alguna vez mató un Borbón en Rumania: ante el sucesor Felipe VI el mandadero le llevó saludes de dos presidentes (mejor dicho, expresidentes) y el reyecito de la España no sabía si reír o preguntarse cuántos presidentes tenía un país que en remotos días había sido su colonia.

Una revista dice que este ha sido un año de “aprendizaje” de quien desde el principio la inteligencia popular reconoció como fantoche, pelele, títere, marioneta, polichinela, muñeco de ventrílocuo y no sé cuántos más apelativos similares. Que no aprenda con nosotros, podría decir la mayoría de gente, incluidos sus diez millones de votantes, que no nos ponga de curíes o conejillos de su neoliberalismo rampante y ramplón, de su corte ministerial y otros epígonos, que lo que han hecho en un año de miserias es “regular” la protesta, decir que la minga indígena está infiltrada, que hay que subir impuestos a los más pobres…

El “buen muchacho”, así lo calificó al principio el capataz Trump, que después le dijo que había que cuidar con atención el patio trasero de la gringada y la zarandeó porque, según él, estaba entrando mucha cocaína a la metrópoli y con jalón de orejas le ordenó que había que fumigar con glifosato, caray, sin importar si es cancerígeno o no. Para eso son las neocolonias, para obedecer. “Hay más drogas saliendo de Colombia ahora mismo que antes de que (Duque) fuera presidente”, advirtió el gran jefe.

El “buen tipo”, zurrunguiador de guitarra y cantante de vallenato y otros aires, no pudo al principio (y parece que todavía es la misma vaina) convencer a sus conmilitones de gabinete ni a la vice de que él era (¿es?) el presidente. Qué va. Varios de ellos se dirigían a él, en una patológica confusión, como “presidente Uribe”. Y así entonces se ganó la referencia de monigote. Su impopularidad ha crecido y va en aumento.

La reforma tributaria, el plan de subdesarrollo (así lo bautizó la “galería” y además lo copió del de Santos), las objeciones a la Jurisdicción Especial para la Paz, el aumento de crímenes de líderes sociales, el incremento del desempleo, su descarado intervencionismo contra Venezuela (ahí sufrió otro descalabro), el ascenso de la plutocracia, la evidencia de que quien manda es un grupo económico al que se le otorgan todas las gabelas, en fin, han permitido en un año confirmar que el sujeto al que desde el principio le endilgaron la “chapa” de subpresidente, es una desventura más para el pueblo colombiano.

No solo es causa de su desprestigio que haga el ridículo, como lo hizo en la Unesco, en París, con los siete enanitos de Blancanieves y el revolucionario hallazgo de que las notas musicales son siete, sino su catadura lacayuna de servidor de Washington y las trasnacionales. En un año se hizo el de la vista gorda con la corrupción y en su gobierno lo que sí está claro es que las fortunas de los grupos económicos crecerán al tiempo que el bolsillo de los más necesitados será cada vez más flaco.

El muchachón que, en 1998, en una columna de prensa decía de su ahora patrón que “Uribe es identificado como un escudero de las Convivir, es decir, con una expresión clara de la extrema derecha colombiana”, es otro zagal de la ultraderecha, un alumno de la escuela neoliberal de sus antecesores y una expresión de la chambonería. Un mal aprendiz de sastre que en su proceso dañará mucha tela y al que no le quedará bien ningún saco.

El economista Marc Hoffstetter dijo que “los resultados del año son agrios: muy mal en mercado laboral, mal en cuentas externas, regular en cuentas fiscales, flojo en crecimiento, pobreza y distribución de ingreso” (El Espectador, 3-VIII-2019), al tiempo que el senador Jorge Robledo apuntó que ningún proyecto ni propuesta de Duque “permite concluir que habrá cambios de importancia en las lamentables condiciones de vida y de trabajo de las grandes mayorías nacionales” (Dinero, 7-VIII-2019).

Como en una novela de Miguel Ángel Asturias, los pordioseros pululan y se siguen arrastrando en pos de una limosna, al tiempo que una minoría selecta, la que maneja con sus hilos a la marioneta, al fantoche, abunda en fortuna y buena mesa. El pelele canta, a veces cabecea balones, lleva saludes y la hambrienta turba lo aplaude (también lo silba). “Lumbre de alumbre sobre la podredumbre…”.

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