Por: Carolina Sanín

El sexo en Palacio

TUTINA ES REGIA. LO DIGO SIN SORNA  y con doble sentido.

Nuestra nueva primera dama es regia en el sentido que da el vernáculo bogotano a ese adjetivo: es bella, discreta y apropiada. Se puso para la posesión un vestido color nada, que no podía desentonar con nada ni dar qué pensar o qué querer. En las entrevistas se dice madre consagrada, esposa dedicada, católica cumplidora. Representa su clase y un conjunto de instituciones y presunciones. Es la imagen de la fidelidad. Pero también es regia Tutina en el sentido de relativa a la realeza. Pues las primeras damas son lo más parecido que tenemos a las reinas: no son elegidas democráticamente y animan el espacio simbólico del poder, el Palacio.

A las primeras damas las elige la institución del matrimonio. Se coronan con el matrimonio. O coronan con el matrimonio, en el sentido que da a ese verbo el vernáculo colombiano. En la recepción que siguió a la posesión del Presidente, las cámaras filmaron a un grupo de quinceañeras de 55 años en la fila de habituales cacaos y lagartos que esperaban para saludar a la pareja ungida. Una de las señoras del grupo se adelantó emocionada a decir ante las cámaras que ellas eran las amigas de Tutina del San Patricio. Curiosa la aparición, en el día cero del nuevo poder, de esas mujeres que al cabo de una vida se identifican con el nombre de su colegio, como debieron presentarse en los días de su virginidad, de su búsqueda de partidos. El pasado domingo, las restauradas damas de honor manifestaban el orgullo que sentían por aquella de entre ellas que había logrado llegar.

Me pongo a pensar en lo que efectivamente podría llegar a hacer una mujer que no tiene un compromiso político con nadie y que, sin embargo, es ama del Palacio. Claro, me viene a la mente Evita, coronada por el deseo antes que por la institución matrimonial y la maternidad. Pienso en nuestras primeras damas, tan madres y tan matrimoniales, tan intrascendentes, y descubro que el rasgo que tienen en común es que de su imagen está extirpado todo rastro de sexualidad. Entre las recientes, las hay de dos modelos: por un lado están Nohra de Pastrana y Tutina de Santos, estilo muñecas; por otro, Ana Milena de Gaviria y Lina de Uribe, estilo monjas. (Y por cierto, lamento que haya pasado el momento de hablar sobre la reciente doña Lina, la más institucional de todas, la más fiel: expresamente se sentía en contra de los designios de su marido y sin embargo siempre estuvo ahí, borrándose en él. Su protesta fue hacer mala cara, cancelar con un rictus cualquier destello de deseo por cosa alguna).

Mientras que imagino a cada uno de nuestros presidentes —como a todo hombre poderoso— en la forma y la función de un pene erecto, misteriosamente me cuesta imaginar la contraparte en sus consortes. Y es que a pesar de la imbricación conocida y sentida por todos entre el sexo y el poder, parecería que necesitamos representarnos el hecho de que en Palacio el sexo no existe.

Para entrar en el intercambio vernacular, en el imaginario de los espectadores, la sexualidad del hombre poderoso sale de Palacio. Hablamos de un presidente con una reina de belleza en una suite de un hotel, de otro presidente con una funcionaria detrás de la puerta de un despacho ministerial, de otro presidente en un avión con sus efebos, de un delfín expulsado de palacio por homosexual. Nunca inventamos, por ejemplo, perversiones de pareja para la pareja presidencial, lo cual haría un tema tan sabroso como el del adulterio. Y no es que yo tenga una teoría en torno a esta evidencia, pero me pregunto qué implicaría imaginar la cama de Palacio, el centro de la casa del poder, como un lugar del deseo.

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