Por: Juan Gabriel Vásquez

El sida y el cardenal

YA VAN A SER TRES MESES DESDE que murió el cardenal López Trujillo. En este tiempo he pensado mucho en él: pensé en él en mayo pasado, cuando se cumplieron veinticinco años del día en que los científicos del Instituto Pasteur identificaron el virus del sida; y volví a pensar en él hace unos quince días, cuando la Cruz Roja dedicó prácticamente todo su Informe Mundial de Desastres (cosa que nunca, me parece, había hecho antes) a una enfermedad.

Habla el informe de las vidas que se han perdido; habla del altísimo costo económico e intelectual que tiene esa pérdida; y habla de Colombia, donde los infectados pueden ser, según estimados, unos 170.000. Y qué le voy a hacer: para mí el sida y López Trujillo forman parte de la misma imagen.

Porque no creo que haya ninguna figura en la vida pública colombiana que, sin ser criminal, sea tan responsable de la desgracia ajena. Esa responsabilidad es indirecta, por supuesto, pero no es banal, y tampoco creo que esté exagerando yo al establecerla. Me refiero, como se imaginarán ya los lectores, al papel de López Trujillo a la cabeza del Consejo Pontificio para la Familia. Tal vez ustedes recuerden las famosas declaraciones de López Trujillo sobre los condones. Sin que se le moviera un pelo, el cardenal, preocupado por sus fieles, explicaba cómo los condones se fabrican secretamente con agujeros microscópicos que permiten el paso del VIH. Así es: sin que se le moviera un pelo.

Yo recuerdo muchas otras instancias de esa guerra que López Trujillo le declaró al condón en particular y a los métodos anticonceptivos en general, pero escojo ésta porque es la que me acabo de encontrar en un libro de Christopher Hitchens, God is not great. Escribe Hitchens: “Cierren ustedes los ojos y traten de imaginar lo que dirían si tuvieran la autoridad de infligir el mayor sufrimiento posible en el menor número de palabras. Consideren el daño que este dogma ha causado: presumiblemente esos agujeros permiten también el paso de otras cosas, lo cual más bien destruye el punto principal del condón. Hacer semejante declaración en Roma es lo bastante malvado. Pero traduzcan el mensaje al idioma de los pobres y desamparados y vean lo que ocurre”.

El mayor sufrimiento posible en el menor número de palabras: eso es lo que causó López Trujillo. Cada vez que lo sostengo en privado escucho que es una exageración, porque la opinión de un solo hombre no puede tener esas consecuencias, pero los que así opinan son los mismos que se enorgullecen de que el católico más influyente del mundo después del papa haya sido, desde 1990, un colombiano. Y eso es verdad: era el más influyente del mundo. Tal vez para usted o para mí eso no quiere decir nada; pero allá fuera, en Colombia y en Brasil y en el África, hay millones de católicos que han dejado de lado un método de prevención comprobado por obedecer el dogma de su iglesia, y están pagando o corren el riesgo de pagar las consecuencias con su vida.

A mí lo que nunca dejará de parecerme curioso es que un sacerdote, que por definición es alguien que ha renunciado a tener familia y a tener sexo, se arrogue el derecho de legislar sobre cómo debe tener sexo la gente, dentro y fuera de sus familias. Pero esta pelea se basa en la mera lógica, que nunca tiene las de ganar contra la religión, y menos contra las supersticiones y las mentiras con que la Iglesia lleva tanto tiempo haciendo daño. Que la gente muera es lo de menos: a la iglesia de López Trujillo le importa la familia católica, y eso, por lo visto, no tiene nada que ver con las personas.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan Gabriel Vásquez

Recuperar la decencia

A manera de despedida

Los libros de Coetzee

¿De qué paciencia estamos hablando?

Peligro: literatura sobre la vida