Por: Daniel Emilio Rojas Castro

El siglo de Perón (I)

El libro El siglo de Perón estudia la historia de la experiencia peronista y las razones de su enigmática supervivencia. 

La riqueza del trabajo del politólogo y especialista de América Latina Alain Rouquié no está sólo en examinar la historia argentina del siglo XX a través de la acción y del legado del mítico Juan Domingo Perón, sino también en esclarecer una nueva forma de coexistencia política de alcance mundial, en la que la democracia se reduce progresivamente a la autocracia y a la consulta plebiscitaria: la ‘democracia hegemónica’.

El siglo de Perón explica cómo el peronismo volvió a instalarse como el credo básico de todo el espectro político argentino en un lapso de tiempo relativamente corto. Si el regreso de la democracia se interpreta como un triunfo tras varios lustros de dictadura militar, la Unión Cívica Radical del presidente Alfonsín claudica frente al gobernador riojano Carlos Menem, quizás el más antiperonista de todos los peronistas, pues este sonriente empresario conocido por su amor a los autos deportivos va a restringir el poder de los sindicatos y de los militares con una serie de reformas económicas inspiradas de los vientos liberalizadores que por entonces soplan en América Latina. Bajo Menem ese electorado peronista que hasta encones se había compuesto de obreros de las periferias urbanas y de los campesinos de las provincias rurales más pobres va a cooptar a las clases medias dolarizadas y al gremio empresarial. La unión de los extremos se efectúa gracias al aumento del poder adquisitivo propiciado por la dolarización de la economía. 

Cuando Fernando de la Rúa asume el poder en 1999, el sueño de pertenecer al primer mundo se esfuma súbitamente. La paridad entre el peso y el dólar es imposible de mantener. En el 2001, cuando el gobierno bloquea los depósitos bancarios y limita los retiros a 250 pesos semanales para detener la fuga de divisas, el descontento ciudadano explota y las manifestaciones violentas se suceden a lo largo de todo el país. La agitación social obliga De la Rúa a la dimisión y ningún político parece capaz de asumir las riendas de una sociedad que se encuentra frente al abismo.

Eduardo Duhalde, que asume la Presidencia tras el retiro de De la Rúa, recibe un país en crisis, con la economía destruida y una sociedad en riesgo de desintegración. La paridad peso-dólar termina en enero de 2002. Todos aquellos que habían guardado en los bancos pesos-convertibles exigen que su dinero se transforme a dólares, pero el sueño ha terminado. Para controlar las manifestaciones y los brotes de violencia, Duhalde otorga ayudas sociales a las familias de los desempleados renovando ese componente asistencialista de la primera presidencia del general Perón, que Evita transformó en una herramienta política para legitimar el poder de su marido. La crisis social de 2002 ofrece una puerta de entrada para que un nuevo peronismo regrese a la escena política.

La llegada de Néstor Kirchner al poder representa un verdadero regreso a los orígenes. El desconocido gobernador patagónico no agita la figura de Perón, pero procede como él al gobernar por encima de los partidos y al privilegiar la reactivación económica interna sobre cualquier tipo de regla o compromiso internacional. Como Perón, Kirchner remplaza progresivamente el aparato del Estado con la autoridad presidencial.

La situación financiera es poco propicia para la generosidad social en el 2003, pero el boom de las commodities le va a ofrecer a los argentinos una nueva edad de prosperidad, y a Kirchner la posibilidad de afianzar su legitimidad. Gracias al crecimiento chino, las exportaciones de soya se duplican en dos años y el país experimenta tasas similares de crecimiento a las de los países asiáticos: 8,8% en 2003 y 9,2% en 2005. Alicia Kirchner, hermana del presidente, es nombrada en el Ministerio de Desarrollo Social y permanecerá en él cargo por más de diez años. Desde allí, y siguiendo la pista abierta por Duhalde, recrea la política de asistencialismo que caracterizó a los gobiernos de Perón. El proletariado urbano ya no constituye el pilar de este peronismo del siglo XXI, pero la figura de Evita y de Héctor Cámpora (creador del Partido Justicialista) ocupan una posición dominante en la política memorial del gobierno. Los desempleados, piqueteros y otros trabajadores del sector informal se convierten en los nuevos descamisados de los Kirchner.

Con el kirchnerismo regresa un modo de gestión de la democracia que privilegia la calidad de vida de la población y no el respeto de la institucionalidad democrática. La satisfacción de las necesidades del pueblo supera la preocupación por el equilibrio de poderes dentro del Estado. Esa ‘democracia hegemónica’, como lo sostiene Rouquié, no sólo caracterizó a la sociedad argentina durante los gobiernos de Néstor y Cristina Fernández de Kirchner. También surgió en Bolivia, Ecuador, Venezuela, en el Medio Oriente, Rusia, en los EE.UU. y, como lo explicaré en mi próxima columna, hoy por hoy constituye una verdadera tentación para las sociedades europeas.

Buscar columnista