Por: Daniel Emilio Rojas Castro

El siglo de Perón (II)

Como lo insinuaba en mi columna pasada, el problema reside en saber si salimos o si estamos entrando al ‘siglo de Perón’.

Porque esa dominación del carismático general, que le permitió gobernar por encima de los partidos y obtener el apoyo popular directo gracias a la refrendación plebiscitaria con votos, referendos u otras iniciativas de participación ciudadana, vuelve a estar tan presente hoy como en esa Argentina de los años 40 que lo vio ascender al poder.

Desde luego no vivimos en un escenario generalizado de dictaduras totales, porque el líder obtiene y ratifica su legitimidad gracias a una maquinaria electoral, ni tampoco en Estados totalitarios, porque el pluralismo partidista no se pone en duda y el debate parlamentario continúa sin que la oposición desaparezca completamente.  Pero la vulnerabilidad del sistema democrático es evidente si se piensa en que el descontento provocado por el aumento de la desigualdad social es canalizado por una política autocrática, que esboza soluciones definitivas y promete paraísos terrenales para terminar creando las condiciones de una decepción profunda y masiva.

La singularidad de lo que Rouquié llama ‘democracia hegemónica’ es la consulta electoral que reafirma la identidad entre el poder y el pueblo. Los procesos electorales ni se prohíben ni se sabotean. Todo lo contrario. Su frecuencia se estimula para demostrar el apoyo del que goza el líder, como sucedió durante los años de gobierno del presidente Chávez, durante los cuales llegaron a organizarse 15 consultas populares, o como sucede en Rusia, donde la normalidad electoral y el pluripartidismo no se han puesto en duda ni una sola vez desde la llegada al poder del presidente Putin. El sistema de partidos, como también ocurrió en Bolivia, Ecuador y Venezuela, no desaparece, sino que se reduce a mantener una maquinaria para movilizar y canalizar sufragios. Eso no impide que la actividad parlamentaria, y de manera más general, la figura del partido, resulten obsoletos en el mediano plazo.

Porque cuando se es el pueblo y cuando se le representa legítimamente no hay nada que concertar con los adversarios de los intereses populares. Y en realidad, como en la Argentina de Perón, y como también ocurrió bajo los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, cualquier desviación del programa político de los ‘conductores’ se considera como una disidencia que va en contra de las reformas que van a asegurar la defensa del interés nacional y el bienestar de la población. Eso sucede en Venezuela y, paradójicamente, en este punto preciso el uribismo colombiano es lo más similar que tenemos al castrochavismo.

La democracia hegemónica se presenta como la solución a una situación intolerable, o dicho en otras palabras, como una ruptura que legitima medidas extremas para la construcción de un nuevo modelo político. En Rusia se le dio la espalda a la democracia a finales de los 90 porque Putin juzgó que la situación creada por Boris Yeltsin condujo a un desastre económico total: la población rusa no sólo redujo su tasa de consumo de carne en un 40%, sino que quedó en una situación de postración absoluta frente a un Occidente que se consideraba como el auténtico vencedor de la Guerra Fría. En esa situación, como sucedió en Venezuela o en el Ecuador, llegó el salvador. Y como hemos podido constatarlo en estas últimas dos décadas, los salvadores llegan para quedarse.

Por eso cabe preguntarse si los movimientos de extrema derecha que están regresando al poder parlamentario europeo para exigir reformas que restringen la actividad democrática, pero que se apoyan en la legitimidad electoral, no muestran que lejos de limitarse al caso latinoamericano, turco, ruso o estadounidense, la democracia hegemónica también está incubándose en el viejo continente. La carrera desenfrenada para pauperizar a la mano de obra y elevar el margen de ganancia, las diferencias crecientes entre los salarios y los ingresos de los diferentes grupos sociales y, en fin, los numerosos casos de corrupción que terminan sin ningún culpable han puesto en jaque al sistema de partidos en Europa, y con él, a los mismos fundamentos del Estado social que las democracias del viejo continente se trazaron como objetivo después de 1945.

Tras el telón que ofrece la refrendación plebiscitaria se puede esconder una dinámica destructora que, fundada en la legitimidad popular concedida por el voto, reduce el equilibrio de poderes, la meritocracia y el deseo de progreso social. Esta es, nada más y nada menos, una de las mejores reflexiones que nos sugiere ‘El siglo de Perón’. 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Daniel Emilio Rojas Castro