El significado de una pregunta

La nota de Redacción Vivir “¿Los homosexuales nacen o se hacen?, Cerebros gays” (El Espectador, junio 18/2008), que reseña un estudio del Instituto Karolinska, de Suecia, invita a revisar qué aportaría la respuesta a la pregunta del titular que, según los redactores, “ha inquietado por varias décadas a científicos de distintas disciplinas”.

Desde una perspectiva que antepone el respeto a la dignidad inherente a todo ser humano, que nos hace iguales en derechos y, por consiguiente, capaces de integrarnos socialmente en la diferencia, dicha cuestión carece de significado. Ante la realidad de que las personas que poblamos la Tierra tenemos orientaciones homosexuales, bisexuales o heterosexuales en todas las épocas y culturas, sólo debemos preocuparnos por definir unas causas si éstas contribuyen a que la dignidad de todas las personas nunca, ni en ninguna forma, sea violada. De no ser así, la historia de la humanidad nos advierte que corremos grandes riesgos.

Por un lado, si algunos científicos logran establecer que “los homosexuales nacen”, entonces podríamos tender a corregir esos “errores de nacimiento” bien sea por procedimientos de la llamada eugenesia, impidiendo que cierto tipo de personas con ciertas dimensiones en los hemisferios cerebrales se reproduzcan y ejerzan otros derechos, o bien aislando a los individuos así nacidos en sectores especiales de la ciudad, o “curándolos” mediante neurocirugía, o llevándolos a campos de exterminio, es decir, a la eutanasia.

Por otro lado, si otro grupo de científicos logra establecer que “los homosexuales se hacen”, entonces podríamos tender a corregir esos “errores de formación”, bien sea por procedimientos de la llamada eugenesia, impidiendo que cierto tipo de personas con ciertos comportamientos se reproduzcan y ejerzan otros derechos, o bien aislando a los individuos así nacidos en sectores especiales de la ciudad para que no “contaminen” a otros, o “curándolos” mediante intervención psicológica o reeducación (como en la más vil de las revoluciones culturales), o llevándolos a campos de exterminio, es decir, a la eutanasia. No parecemos estar muy lejos, tampoco, de los comienzos del siglo XVI cuando los imperios cristianos se debatían ante la incertidumbre de si los pobladores del llamado Nuevo Mundo tenían alma o no. Cualquiera que fuera la respuesta, conduciría al mismo resultado: exterminio.

Si estas ideas no ayudan a cambiar el interés científico hacia la pregunta ¿Cómo debemos transformar nuestra sociedad para que todas las personas sean respetadas en su dignidad?, entonces les propongo que también incluyan en sus estudios lo siguiente: ¿Los homofóbicos (o los racistas, o los sexistas, o los xenófobos) nacen o se hacen?

Eduardo Escallón Largacha.  Bogotá.

Sobre relojes

Sin duda alguna me volví viejo pero no desactualizado y sigo teniendo una cierta cultura a la que no puedo renunciar y que resalta sobre lo que pienso que es un reloj: sí, ese reloj, tan cerca de uno como todo lo que es de uno, heredado en mi época de niño, no comprado dentro de esa austeridad antigua; el reloj de los abuelos o de los bisabuelos, del padre, de la madre, del hermano: el reloj heredado familiar; el reloj de la cúpula de la iglesia del pueblo, el reloj de la catedral que entiendo se lo robaron, el de la esquina del Banco de la República, de la Casa de la Moneda, el de la Torre de Londres; el reloj de la familia de alcurnia que no puede ser heredado sino por el descendiente varón que lleve el apellido del abuelo, y el enfermo que muere pensando que no tuvo tiempo para que su relojero de confianza se lo arreglara; el reloj de Camilo Torres, el Mártir en poder de familia de alcurnia; los almacenes finos de relojes: Shumager, más que relojero joyero, como Glauser, Kling, Kraus, Liévanos; los famosos relojeros: el cronómetro de los hermanos Genard, el Señor Calvo que entiendo todavía funciona, el alemán de la Calle Trece que me arreglaba el Mido “Multifor”; toda esa época en que a Dios gracias no había los raponeros que dejaban marcadas en la muñeca sus asquerosas uñas; el reloj de Leontina de Gabrielito Prieto, que en las emergencias abría la Puerta del Banco de los Andes, con su sombrero gacho, mirando que fueran las nueve en punto; mi padre, con su reloj de Leontina en la Estación del Ferrocarril, mirándolo para ver si alcanzaba a tomarse un “tinto” con el Chato Umaña antes de que pitara el tren ante la familia expectante que pensaba que se iba a quedar, y llegaba corriendo a “colincharse” en el último vagón.

Todo ello para aterrizar en un lamentable incidente que tengo, irremediable, con alguien que me vendió, dizque un reloj, que resultó desechable, chiviado; sobra la explicación que no lo compré a reducidor en la calle, ni en tienda de bajo “relambre”, pues lo compré en el Centro Andino de Bogotá, ante la necesidad de un reloj, debido a que entre otras cosas, el viejo Mido, me pareció que era del caso entregárselo a mejores herederos que el suscrito, y ante recomendación compré algo que dizque llaman reloj, DESECHABLE, y que no por coincidencia lleva la marca SWATCH, o mejor dicho debiera ser DESEWATCH, que como tal se dañó a los dos años en que venció una supuesta garantía del mismo, valga coincidencia. No me cabe en la cabeza que unos señores suizos, dueños de la seriedad y la puntualidad en el mundo, puedan producir un reloj desechable, sería tanto como pensar que un suizo no tiene reloj, llega tarde a una cita o que un tren de ese gran país no llega a la estacíón en punto.

Cuando advertí que había comprado un reloj desechable, me sentí un idiota, protesté furioso en el almacén, no tanto al Centro Andino, que ante la pena de lo sucedido prometió tomar medidas que no conozco, y además manifesté que los desechables eran un atraco a la cultura del reloj.

Podrán decirme que soy un romántico, pero el objeto de la presente es defender al reloj y atacar al Swatch desechable.

Andrés Casas Sanz de Santamaría.  Bogotá.

 

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