Por: Julio César Londoño

El silencio de Belisario

Belisario Betancur fue el mejor comunicador que ha tenido Colombia (la maestría de Uribe está en la desinformación). Sus alocuciones eran piezas magistrales. Combinaba un tono coloquial, conceptos de humanista y citas de escritores muy bien traídas. Kafka, Cavafis y Yourcenar eran sus autores preferidos. Su talante era conciliador, quizá por convicción, o porque esa actitud le funcionó a Misael Pastrana, que venció a Betancur y le raponeó el triunfo a Rojas en las elecciones del 70; y le funcionó a Turbay, que lo venció en las elecciones del 78 (en el 74 López le ganó a Gómez Hurtado). Con admirable agudeza, Betancur comprendió que los días de los partidos tradicionales estaban contados y le imprimió un tono suprapartidista a la campaña del “Sí se puede”, que lo llevó a la Presidencia en el 82.

Fresca aún su posesión, inscribió a Colombia en la órbita de los Países No Alineados y se consagró a la construcción de la paz, que no había sido una bandera de su campaña. Su discurso fue tan cautivante que Colombia se llenó de palomas. Había palomas hasta en la sopa.

Firmó tratados de paz con las Farc, el Epl y el M-19. Toda la guerrillerada recibió una amplia amnistía. Las Farc y el Epl perdieron estas gabelas por incumplimiento de los acuerdos. Cuando se sugirió que los militares también se beneficiaran de la amnistía, la derecha reaccionó violentamente: ¡era una afrenta juzgar a los subversivos y a los soldados de la patria con el mismo rasero! Esto explica que, con el tiempo, varios guerrilleros del M-19 pudieran llegar a cargos altos mientras muchos oficiales iban a dar con sus huesos en la cárcel, lo que molestó nuevamente a la derecha. ¡Era una asimetría imperdonable entre subversivos y patriotas!

El M-19 cumplió con los acuerdos pese a la feroz oposición de las “fuerzas agazapadas” contra la paz (léase FF. AA. y civiles fachos). Carlos Pizarro, por ejemplo, llegó herido a Corinto a firmar los acuerdos luego de sortear un ataque de los agazapados en el camino, y tras muchos días de recios bombardeos del Ejército a los campamentos del M-19 en Yarumal.

En noviembre del 85 sucedió la toma del Palacio de Justicia. Una versión muy popular asegura que fue una “vuelta” que el M-19 le hizo a Pablo Escobar para quemar los expedientes de los extraditables. Lo que no se ha podido demostrar es que los expedientes hayan ardido en pequeñas fogatas guerrilleras y no en la gran fogata que el Ejército avivó a punta de cañonazos al Palacio.

Además, ¿para qué quemarlos si había copias fuera del Palacio?

Nota: no pretendo justificar nada. La toma fue una audacia criminal y la retoma, una operación chapucera. Turbay la habría resuelto mucho mejor.

La actuación de Betancur fue una vergüenza. Desde el momento inicial del asalto guerrillero, el Ejército tomó el mando de la retoma y de la Presidencia, y solo 24 horas después Betancur presidió el consejo de ministros que ordenó lo que ya estaba ejecutado: el incendio del Palacio y “el exceso de fuerza”, como calificaría luego la Corte Suprema de Justicia la retoma. Si Betancur hubiera dado la orden en el primer momento, sería un bárbaro. Aprobar el holocausto 24 horas después lo convierte en un payaso trágico, un testaferro pusilánime. Luego guardó silencio hasta su muerte, pero no lo hizo para ser “el mejor expresidente”: fue la vergüenza la que lo enmudeció.

Pasará a la prehistoria como un hombre sin carácter, mal que suele aquejar a los que escalan desde bien abajo a punta de venias y obsecuencia; tanta, que al final terminan con el carácter jorobado, a diferencia de los que nacen con poder, como López o Uribe, a quienes podemos tachar de cualquier cosa excepto de tener personalidades blanditas.

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2018-12-22T02:30:56-05:00

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2018-12-22T02:45:01-05:00

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