"El joropo es la altanería del llanero": Cholo Valderrama

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Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

El silencio de las voces

Y si Primo Levi no hubiera escrito lo que pasó en Auschwitz. Si John Hershey no hubiera narrado Hiroshima desde las víctimas. Si Svetlana Alexiévich hubiera ignorado los coros de Chernóbil. Si Juan José Hoyos no se hubiera acercado a los embera del Alto de Santa Águeda… “Si tus fotos no son lo bastante buenas, es que no estás lo bastante cerca”, decía Robert Capa, icono de la reportería gráfica.

El colofón del artículo 20 de la Constitución limita el margen de intepretación. Su precisión es comprable con el “no matarás” bíblico. Es una orden. No admite excepciones: “Se garantiza a toda persona la libertad de expresar y difundir su pensamiento y opiniones, la de informar y recibir información […] No habrá censura”.

Pero la intepretación siempre estará ahí, más cuando se trata de cartas de navegación. Si con la Biblia en mano se ha masacrado, nuestra Constitución, de espíritu liberal, ha sido el escudo de quienes justifican la censura…

El Comité por los Derechos de las Víctimas de Bojayá publicó un protocolo para el manejo de comunicaciones: “Coordinará, orientará y decidirá —con la comunidad— las decisiones referidas a procesos de comunicación”. Con el apoyo de la ONU “hará el registro de video y fotografías del proceso de exhumaciones, ceremonias y entrega de cuerpos […]”.

La semana anterior, dicho comité obstaculizó la labor de Patricia Nieto, narradora del conflicto desde hace 20 años, y la fotógrafa Natalia Botero; así como del documentalista Adrián Franco y su camarógrafo (dirigidos por Silvia María Hoyos), con quien realizaba un audiovisual sobre el padre Antún Ramos, sobreviviente de la masacre. Al sacerdote le impidieron hablar.

La historia reciente de Colombia, donde el silencio es paisaje, habla de líderes que estigmatizan y callan al periodismo, legitimando públicamente el discurso del veto: desde las obviedades de Álvaro Uribe hasta la sutileza de Juan Manuel Santos (hace un mes, le dijo a un grupo de empresarios: “Llamen a los dueños de los medios para influenciar en los contenidos […]”).

No basta con repetir hasta el cansancio que el ejercicio ético del periodismo protege las democracias y los derechos de los ciudadanos. Cada víctima es dueña de su voz, su silencio, su dolor, su libertad. Y merece respeto. Los periodistas recién mencionados jamás pusieron en tela de duda esos principios.

Para acceder a las fuentes, a los periodistas nos preceden nuestras palabras. Nuestra historia —por larga o breve que sea—.

¿Enfrentar los derechos de las víctimas con el deber del periodismo?

No hay por qué sesgar el debate. Dieciséis académicos publicaron una carta en el foro de Verdad Abierta: “Nos sorprende que usted [Patricia Nieto] quien, justamente, lidera en el país la reflexión sobre lo que implica hacer periodismo en tiempos de transición, no tenga en cuenta esos matices del silencio y la palabra”.

¿No será que Nieto fue a Bojayá porque, precisamente, conoce las consecuencias del silencio?

Bienvenida la dicusión, cuya pregunta central es: ¿cuál es ese nuevo país que buscamos construir… en medio del disenso?

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