Por: Daniel Pacheco

El silencio del crimen

LOS ACTOS DE VIOLENCIA DEL CRImen organizado en América Latina son tan viles, tan aleatorios, tan macabros, tan vacuos, que cada vez es más difícil nombrarlos. Tal vez por eso los cientos de miles de mejicanos que marcharon en rechazo a la violencia —que en ese país deja 35.000 muertos y 5 mil desaparecidos desde 2006—, lo hicieron en silencio.

Ayer, en la frontera de Guatemala con México, aparecieron 29 cuerpos de campesinos decapitados, presumiblemente a manos de Los Zetas. El año pasado en Colombia 178 personas murieron en masacres cometidas por bandas de narcotraficantes. En Río de Janeiro hay 5.000 asesinatos al año relacionados con el crimen en las favelas. En Venezuela, en Jamaica, en Honduras, en El Salvador…

La dificultad para establecer relaciones firmes entre todos estos hechos parece tener el efecto de encerrar su horror en cápsulas aisladas; amargas, pero lo suficientemente pequeñas como para poder ser tragadas una a una. Lo suficientemente discretas como para no despertar un debate público sobre su efecto en las democracias de la región, en el desarrollo, en los derechos humanos.

Pero el crecimiento del crimen organizado en América Latina tiene raíces comunes, vínculos de comunicación que cruzan fronteras y alimentan la existencia de los distintos grupos en cada país. El narcotráfico y la venta de armas, el tráfico de personas, el contrabando, la falsificación de dólares, son todas actividades que implican relaciones de dependencia trasnacional, como se ha dicho hasta el cansancio.

Pero de la mano de estos vínculos criminales, dentro de las organizaciones parece que hay cada vez menos estructuras verticales claras. La lucha entre los mismos grupos criminales y la captura constante de capos da lugar a procesos de renovación interminables, cada vez más caóticos y más violentos. Al final siguen apareciendo los muertos y desapareciendo los vivos. Al final persiste la falta de conceptos útiles para englobar un fenómeno que en conjunto tiene proporciones epidémicas, pero se trata con anestesias locales.

A diferencia de los estatus de “conflicto armado” y “terrorismo”, el de crimen organizado hoy no ofrece instrumentos especiales para proteger los derechos humanos de los ciudadanos, para ampliar los instrumentos de los estados y para comprometerlos en una agenda común. Aún más, el crimen carece de sentido para darle tránsito al sufrimiento de las víctimas, si es que se puede hablar de víctimas.

Antes de pensar en acabar el crimen falta entonces entenderlo, para que no siga sucediendo el silencio después de los actos. Para que no nos pase lo que le pasó a Javier Sicilia, que al finalizar la marcha dijo: “El mundo ya no es digno de la palabra, es mi último poema, no puedo escribir más poesía... la poesía ya no existe en mí”.

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