Por: Lorenzo Acosta Valencia

El silencio del Evangelista

EN VÍSPERAS DE CUMPLIRSE DOS semanas del relevo presidencial, Colombia ha conocido ciertas variaciones del concierto de silencios que orquesta el uribismo.

En Nueva York, el ex presidente evalúa los difusos límites de la razón de Estado en los expedientes de la flotilla humanitaria que se dirigía hacia la Franja de Gaza, mientras distrae la resaca de poder. Durante los últimos días de su era, el Segundo Libertador acompasó su verbo enardecido con la caridad. Generoso en licitaciones y vigencias futuras, pródigo en la intención de resguardar a la Fiscalía en el regazo del Ejecutivo, humilde al reconocer que la prisión de su carne acaso expuso su férrea voluntad a contingencias o errores... Genio hasta el fin, nos bendijo para someterse a un pasajero mutismo en trincheras lejanas.

Sus apóstoles, mientras tanto, prolongan la embriaguez de ese mito para alimentar su esperanza. Que Colombia no vuelva a ser el país “huérfano y habitado por huérfanos”, ese “monstruo que se devora a sí mismo, merecedor de su desgobierno”, en la versión profana del pecado original que predicó José Obdulio Gaviria en Colombia: asesinato y política (2000). Lo repiten los demás misioneros en espera inquieta de la segunda venida de Uribe: el carro bomba del pasado jueves —sugirió Fernando Alameda, director ejecutivo de Primero Colombia— habría sido una estrategia más del plan de exterminio contra su secta.

Incluso algunos de sus adalides han guardado silencio en las indagatorias que adelanta la Fiscalía por las interceptaciones ilegales del DAS. César Mauricio Velásquez, ex secretario de prensa de Palacio, se escudó en el fuero que le cobija como embajador ante el Vaticano. Jorge Mario Eastman, quien fue consejero para Comunicaciones y viceministro de Defensa, tenía un viaje inaplazable. Y el evangelista José Obdulio acudió a la citación para conservar un sigilo turbio por el filtro de sus lentes transition a la luz del mediodía.

La gravedad del Evangelista nunca se había expresado con tanta precisión: la Iglesia del Segundo Libertador calla para reivindicar la soberanía de su trono moral en tiempos de investigaciones. En el Evangelista, el silencio fue una estrategia de defensa para dominar la palabra fácil sin hacerse preguntas. Y fue también una expresión de su idea de trascendencia personal en desafío ante una institución espuria. Ella no determina la verdad como sí lo hace el Nuevo Testamento de un Estado del secreto y la complicidad ante cuya mirada somos silenciosamente vulnerables.

El Evangelista se sentó ante el Fiscal para oír el cuestionario, pero no le interesaba escucharlo. Y así expresó la embriaguez de su verborrea que pretende insondable y ritual el poder que profesa; que ansía la muerte del asombro en Colombia. Uribe, mientras tanto, trataba de domesticar el inglés para sus conferencias sobre liderazgo en Georgetown, en busca de una traducción adecuada para la palabra ‘melifluo’.

 

 

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