Por: Arturo Guerrero

El síndrome de adrenalina

El liberalismo teórico imaginó a la prensa como el perro guardián de la democracia. La que vigila, escarba, olisquea, advierte, clama. Pues bien, lo propio de este tipo de caninos es ladrar, no morder. Así claman, así mantienen alerta a una sociedad que se desvive ingeniando la manera de sacar adelante a sus críos.

Los ladridos de la prensa son señales estentóreas de algo que huele mal. Por eso resultan saludables para los ciudadanos, impiden que quienes se sientan en el poder se crean reyes soles. La crítica documentada de los medios masivos y de las redes pone a raya el ansia personal del ejecutivo, las componendas turbias del legislativo y la frecuente ceguera del judicial.

Pero no es lo mismo ladrar que morder. El ladrido es una alarma, su efecto estalla en la mente y el corazón de las audiencias. El mordisco, en cambio, es un castigo, rompe carnes, saca sangre, si se descuida infecta, cruza carrileras de cicatriz para toda la vida. Para esto no está la prensa.

Castigar es asunto de jueces que hayan vencido con pruebas y argumentos la legítima defensa de los 'presuntos'. Los periodistas especializan su olfato para identificar la podredumbre, utilizan sus colmillos para trizar las estratagemas de los corruptos. Pero no están llamados a impartir condenas ni mucho menos expiaciones.

Si un perro guardián de repente se abalanza contra el delincuente y le aprieta entre las fauces una pierna sin soltar la presa, de inmediato se enciende el escándalo, se agolpan los circunstantes, toda la gente se ve concernida en el chisme. Se diría que esta acción feroz genera un alto rating.

Esta es la razón por la que la prensa con frecuencia pasa del ladrido al mordisco. Sabe que el alboroto suscitado hace subir la sintonía o la circulación, El sensacionalismo podría llamarse síndrome de adrenalina, pues excita la hormona de la alerta y la lucha. ¿Quién se niega a la curiosidad de conocer lo que sucede en medio de una gritería callejera?

Hay periodistas dotados de una especial sensibilidad hacia la bronca. Ven la realidad con las gafas de la gritería y aplican su fórmula para elevar cifras de audiencia. Se lanzan a la yugular de sus entrevistados aprovechando debilidades físicas o de comportamiento social de estos. Y muerden, castigan, dan espectáculo efectista.

Otros utilizan argumentos ad hominem que, en vez de razonar y demostrar, se prenden de circunstancias personales del interlocutor para desviar el hilo de la conversación. De esta manera la prensa pierde su condición de guardiana de la democracia y a la vez se desacredita, cae en un profundo foso.

El síndrome de adrenalina es el populismo del periodismo. Les hace el juego a los que necesitan de la guerra para seguir medrando en paz con sus propiedades y negocios. Difunde en los mejores horarios una imagen de país de cafres y hace creer a los ciudadanos que los cafres son ellos.

Tuerce la democracia, se vende al mejor postor. Disimula, en lugar de enfrentar, las llagas verdaderas de los poderes que postran a un país.

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2020-02-21T00:00:35-05:00

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El síndrome de adrenalina

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