Por: Gustavo Gómez Córdoba

El síndrome de Bon Bril presidencial

ACEPTÉMOSLO. URIBE NO VA A DEJAR de ser presidente. Ha digerido ya la teoría inamovible de sus áulicos: sólo él puede administrar el país-patria y únicamente él puede arrinconar a la guerrilla (entendiendo que golpearla con fuerza es la mejor manera de administrar el país-patria, al que no debe confundirse con el País Paisa del Águila Descalza… ¿o sí?).

Uribe, que es un hombre trabajador y honesto, va muy adelantado en el curso de pasar a la historia como el mejor peor presidente de Colombia, aquel que no pudo resistir la tentación de atornillarse al poder. Una especie de Fidel Castro, quien —amparado por una democracia de papel— logró pasarse más de cuarenta años reeligiéndose como presidente y hace poco recibió de los cubanos la confirmación de un postulado que funciona bien en el trópico: la democracia es genética. Fidel, privado por la naturaleza de la energía para seguir en la presidencia, descubrió que Raúl era el más preparado para sucederlo. ¿Qué tan sólida puede ser una revolución que en cinco décadas sólo ha producido dos hombres dotados para protegerla? Y, colmo de colmos, ambos son hermanos.

Para allá va Uribe, con la preocupante diferencia de que no les conocemos habilidades políticas a sus hermanos. Así que en caso de que decida darse la pela de comulgar con la democracia genética, Tomás y Jerónimo deberán abandonar la comercialización de artesanías y comenzar a prepararse para sucederlo. Lo interesante de la figura es que aún nos moveríamos en el escenario insular caribeño: dejaríamos a Cuba para irnos a La Española, a la Haití de Papa Doc, donde Duvalier le entregó las riendas a su hijo. Se dirá que los ejemplos son muy diferentes. Se responderá que sí, que son muy diferentes, pero el resultado es el mismo: Uribe, gran encarnación del síndrome del Bon Bril presidencial.

Justo es reconocer que el menos interesado en que Uribe se perpetúe podría ser el propio Uribe, pero esa masa informe y hambrienta que se hace llamar uribismo logrará retenerlo por la sencilla razón de que nada más costoso y difícil que llegar al poder. Y, si uno ya está ahí,  ¿para qué irse? Sobre todo con un Polo que, a pesar de sus luchas internas, engorda todos los días y podría repetir, ahora con el Premio Gordo, la sorpresa que ya dio dos veces en Liévanolandia.

Los gobiernos que se repiten generan corrupción, enquistan oscuros personajes regionales, facilitan monopolios en contratación, alimentan politiquería y, ojo, desestimulan a los que tienen con qué para garantizar el futuro de la democracia. Mientras Uribe gobierne, se secarán a su sombra los hombres y mujeres que estaban preparados para gobernar, uribistas o no, todos uniformados con la camiseta del “no se pudo”. Algunos con el consuelo de una tajada en la burocracia, como Noemí, a quien se le ha pagado el servicio que hizo a la reelección con los puestos más suculentos del servicio diplomático (le falta Washington). Los Peñalosa y los Vargas Lleras tendrán que vivir con la insoportable duda de si habrían sido o no buenos gobernantes, envejeciendo como una suerte de ex presidentes informales (como lo fuera Álvaro Gómez y como estuvo a punto de serlo Belisario Betancur). Luis Alberto Moreno saltará del BID a otro organismo internacional, y hallará consuelo en ser íntimo de los más “duros” sin haber logrado el poder en su minúscula republiqueta (cada tanto vendrá a visitarnos con Gates, Bono o algún Kennedy desocupado). Y Juan Manuel… bueno, Juan Manuel no se resignará: la hecatombe le hará tragarse sus palabras de acompañar a Uribe en un tercer período y terminará graduado de oposición; es decir, de opción.

La Era Uribe no era. Es. Y será. Así que pongámonos todos muy cómodos. La película es eterna. Un poquito más larga que un Consejo Comunal en tierra caliente.

* * *

Otra cosa: ¿Por qué andará tan perdido Fabio Valencia? ¿Estará cogiendo impulso?

 

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