El síndrome de Françoise

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Narra el protagonista de En busca del tiempo perdido en Por la parte de Swann su percepción de Françoise, la criada de su tía Octave. Es este personaje un ser que manifiesta un respeto casi tierno por las clases altas a las que sirve. Françoise se sentía agradecida hasta las lágrimas por la emoción que le genera que su vida, sus dichas y desdichas, pudieran ser de interés o motivo de tristeza y alegría para otros seres, y más si eran sus amos. Fluía en ella –aunque no lo exprese- una velada certeza de sentirse por encima de las otras criadas que servían a la familia.

Françoise era adusta y rígida, pero desmoronaba su adustez y se volvía suspiros entristecidos cuando escuchaba hablar de una desgracia acaecida a un desconocido, aunque éste habitara un país lejano a su lugar de residencia. Admiraba a su ama por su elegante manera de prescindir de las visitas y por el exquisito régimen con el que estructuraba su vida: la señora Octave pugnaba siempre porque la compadecieran por sus padecimientos, pero que no faltara la consecuente frase de tranquilidad sobre su futuro. Esto es, un equilibrio entre el buen vivir y la perspectiva que había algo en su salud que no funcionaba bien. Y Françoise era garante de que así sucediera.

Sin embargo, había el riesgo de que Françoise (pese a prestar atención de manera casi devota al menor detalle de la caprichosa tía Octave) desarrollara un odio hacia su ama. Y es que Françoise, a solas, cuando sacrificaba los animales para preparar los alimentos, se ensañaba con sevicia en los pobres pollos que se aferraban a la vida mientras ella hundía el cuchillo hasta verlos expirar. En esas escenas surgía esa Françoise que nada tenía que ver con la lacrimosa que padecía el dolor por la humanidad desgraciada.

Era ella un ser que se preocupaba por sus parientes siempre que estuvieran lejos. Narra Proust: “Me di cuenta de que, aparte de sus parientes, los seres humanos despertaban más su piedad con sus desgracias cuanto más alejados vivían de ella”. Françoise podía derramar torrentes de lágrimas ante la desgracia de una persona sobre la que había leído en el periódico, pero ¡ay! de que la desgraciada cobrara materialidad y cercanía, de inmediato surgía la indiferencia que rayaba incluso en el desdén.

Así los habitantes colombianos del siglo XXI, muy conmovidos con el asesinato de George Perry Floyd ocurrido en Minéapolis el pasado 25 de mayo, pero no cuando surge no uno sino dos o tres George Floyd colombianos, como es el caso de Anderson Arboleda que murió el 20 de mayo, luego que la noche anterior dos policías lo golpearan tres veces en la cabeza con el bolillo porque estaba intentando obedecer la orden de entrar a su casa. Falleció el miércoles 20 de mayo. En el informe de su autopsia se lee que su muerte fue a causa de “lesiones encefálicas presentadas por traumatismo contundente”.

Pero es que Anderson está aquí, Puerto Tejada es una realidad tangible y nuestra moral es simbólica. Nuestra moral es la de la consigna hipócrita que se caracteriza por un colonialismo mental que nos lleva a no materializar si no es de manera selectiva nuestra compasión y ayudas efectivas hacia el vecino. Padecemos el síndrome de Françoise.

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