Por: Andrés Hoyos

El síndrome de Lance Armstrong

Lance Armstrong era un superdotado para el ciclismo, de eso no cabe la menor duda.

No obstante, su ego, su sed de gloria y su avidez de dinero no se contentaron con lo que la naturaleza le había dado, y el hombre salió a buscar médicos inescrupulosos que durante años le inyectaron EPO, testosterona y corticoides. Él siempre negó todo en forma vehemente. Cuando ya las evidencias se volvieron abrumadoras y la UCI lo despojó de sus siete Tours de Francia y de su medalla olímpica, Lance bajó la cabeza y ahora recorre el mundo pidiendo perdón a regañadientes.

Yo, como muchos niños colombianos de mi época, me aficioné al ciclismo con Cochise Rodríguez, Rafael Antonio Niño y demás estrellas de los años sesenta y setenta. La fiebre llegó al máximo en los ochenta, cuando Lucho Herrera, Fabio Parra y el resto de estrellas locales (alguno luego se involucró con los narcos y lo mataron, pero esa es otra historia) empezaron a competir con éxito en Europa. El impulso les alcanzó para ganar etapas, carreras y al menos una de las tres grandes, la Vuelta a España de 1987 en cabeza de Lucho Herrera. Después empezaron a aparecer por las carreteras europeas aviones a propulsión encarnados en ciclistas. A veces brillaban dos o tres temporadas y se apagaban. Un gran número de ellos usaba, según intuía cualquiera y según se comprobó luego, gasolina de avión, o sea, drogas prohibidas de todo tipo. La racha de triunfos de los colombianos se truncó, al tiempo que estallaba un escándalo tras otro.

Mi afición por el ciclismo se la llevó el doping, pues no me interesaba saber quién tenía el médico más tramposo o quién conseguía la droga más difícil de detectar. Otra forma de verlo es decir que si el ciclismo internacional no hubiera desterrado a estos matasanos de sus huestes, un muchacho como Nairo Quintana, el flamante campeón del Giro de Italia, no tendría hoy ningún chance de ganar. He visto cálculos que dicen que en los tiempos de Armstrong las mismas etapas duraban varios minutos menos.

Al igual que Armstrong, Álvaro Uribe nació superdotado para la política. Inteligente, preparado, laborioso, obsesivo, elocuente, con una memoria milimétrica y una voz de tribuno, la naturaleza lo premió. Pero al igual que Armstrong, a Uribe no le bastó con sus capacidades naturales, y la ambición y el odio lo llevaron a trabar relaciones con el equivalente a los médicos tramposos del ciclista gringo. La lista comprobada es larga: María del Pilar Hurtado, Jorge Noguera, Mauricio Santoyo, Pedro Juan Moreno, Mario Uribe, Salvador Arana, Bernardo Moreno, José Obdulio Gaviria y un largo etcétera de “doctores” expertos en doping político.

Los adoradores de Uribe nos dicen a quienes lo cuestionamos: bah, qué importa, la política es así, de qué se quejan, el hombre derrotó a la guerrilla. Listo, debilitó a la guerrilla, pero ¿qué les decimos a los Nairos y a los Rigobertos de nuestra vida pública y privada?, ¿que aquí no sirve de nada ser limpio, que lo que sirve es parecerse a Lance Armstrong, que la ciudadanía premia al fullero?

Oscar Iván Zuluaga a estas alturas es un accidente, importante porque podría ser presidente de la República, pero accidente al fin. El director de orquesta es Álvaro Uribe. Su patraseada de la semana pasada en la calumnia contra el presidente Santos es sencillamente bochornosa. ¡No, señor Lance Armstrong Uribe Vélez, no todo vale, basta ya de tropelías!

 

 

 

 

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