Por: Reinaldo Spitaletta
Sombrero de mago

El síndrome del títere

Entre el lambón, el adulador, el que escoge el sometimiento como un estilo de vida y el que —quizá en una aplicación errónea del libre albedrío— dice que hay que adorar a los poderosos, amarlos, dejarlos hacer lo que quieran, limpiarles los zapatos, en fin, hay una similitud vergonzosa. Pueden padecer el síndrome de la marioneta, conocido también como el del títere o el del criado (o bien criado, como decían algunas señoras).

Hay quien o quienes se inclinan reverentes ante el poder y el poderoso y aducen la necesidad (inventada por ellos) de tener patrones, otro que piense por uno, unas ganas inmensas de esclavización. Desarrollan una capacidad (¿o incapacidad?) de acomodamiento ante situaciones que en esencia están en su contra. Parecen tener conciencia —¡qué extraña conciencia! — de su condición de perturbado afecto por las cadenas y, atados y con grilletes, se sienten seguros. Requieren un amo. En su limitada visión del mundo no existe la posibilidad de la sublevación ante lo que está en contra de la dignidad, de lo que anda en contravía de la libertad y el espíritu crítico.

El “marionetizado”, parte del rebaño, de los que aceptan sin rechistar la segregación, la explotación, el marginamiento, admira a quien lo va a llevar al paredón. Adora a su verdugo. Y más lo quiere si el otro, su sujeto de alucinada presencia, le ha desdeñado y vapuleado. Si ese otro que él ve como necesario y eterno le ha causado heridas y pisoteado, pues mejor. A ese es a quien hay que rendir pleitesía. Sin él, creerá en su ámbito de despojado entendimiento, no hay vida ni certezas.

Qué síndrome tan espantoso. Sin embargo, el que lo padece ni se entera. Es más, puede entrar en estado de conmoción interior (y exterior) si se le indica que es un lacayo, un experto en besamanos y quizá reaccione con amenazas y otras violencias. Quien ose demostrarle que su “patrón”, su admirado amo, no es más que un oportunista, un calculador, un desalmado…, se convierte en un enemigo al que hay que eliminar. Contra mi “redentor” nada. Y el otro se torna en hereje, en uno que hay que quemar en el fuego purificador de la inquisición.

En el Discurso de la servidumbre voluntaria, del joven Étienne de La Boétie (cuando lo escribió en 1548 tenía 18 años), se plantea la relación entre el amo y el siervo, entre el esclavo y su encadenador, y las maneras de la sumisión ante el poder. El pensador descubrió una especie de embrujo, de poderoso efluvio que, desde el señor feudal, el patrón, el tirano, en fin, surge como una sutil presencia, inexplicable, que parece hipnotizar, idiotizar, malograr los razonamientos y poner al sometido como un hechizado por la utilería alucinatoria del poder.

Después de la Revolución francesa, de la Ilustración, de las distintas posiciones liberales sobre el hombre y los conceptos de libertad, la servidumbre (en estos tiempos de consumo desbocado, de desaparición del sujeto racional, de la homogenización, en fin), voluntaria, vigilada, dirigida, en cuyo proceso de abyección del “homo criado” actúan desde medios de comunicación hasta los dispositivos de control y vigilancia del poder, digo que la servidumbre es una condición permanente en la sociedad. El acostumbramiento a la esclavitud, como lo sugirió Dostoievski, produce amor a las cadenas.

“La naturaleza del hombre es ser libre y desear serlo”, dice La Boétie en su célebre ensayo al que Montaigne, su maestro, le concedió elogios aparte de patrocinar su divulgación. El síndrome del títere obnubila la razón y coarta el deseo, la aspiración de libertad. Quien lo sufre (ah, puede ser que para él sea todo un goce) pierde toda perspectiva de cuestionamiento y crítica. Es apenas un feligrés, un adorador que ve en el sumo sacerdote su salvación, su seguridad.

Los que gustan de la servidumbre voluntaria requieren un jefe, alguien a quien postrarse de hinojos. Están obnubilados y en sus visiones seudomísticas aparece el todopoderoso, el don, el gran cacao, como una deidad a la cual hay que prenderle velas y ofrecerle oraciones. El servilismo es su condición natural y, lo peor, se sienten orgullosos de ella. Aman su humillación. Viven para practicar el vergonzoso ejercicio de la lambonería. Zalameros.

Colombia es un laboratorio —tal vez sin par— para el estudio de esa deplorable tara. Abundan los especímenes de uno y otro lado. Idólatras e ídolos (todos con pies de barro). No faltan los más pobres y discriminados, las víctimas de la inequidad y las injusticias, que se inclinan reverentes ante los propiciadores de sus miserias. Y es increíble y triste. Porque, como lo dijera La Boétie, “hasta los bueyes gimen bajo el yugo, y los pájaros se lamentan en la jaula”.

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