El síndrome del “yo sí fui”

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De repente, sin saberlo nadie, comenzó la puja por autoacusarse, en extrañísimo caso de Ripley: Yo fui el asesino, yo mismo di la orden, yo la ejecuté, claro que obedecía a un comando superior y a otro más alto, todos muertos y a salvo de cualquier tribunal.

Ya la JEP estará inhibida para dictar sentencia frente a un hecho de lesa humanidad, como es el caso de Gómez, porque los primeros responsables están muertos y quien se autoacusa por ello tiene merma de pena, aparte de ser tema de guerra o mejor dicho de paz, bajo indulto. Es, por lo demás, una confesión colectiva que disuelve las responsabilidades y, no interrumpe el intercambio pactado de hostilidades por puestos públicos. Se llegará el momento en que la presidencia de la corporación tenga que decir: tiene la palabra el honorable senador, asesino de Álvaro Gómez.

País en que tenemos que vivir, porque la condición de extranjero es deplorable. Sorprendido estoy como todos por haberse llegado a este crítico punto en una negociación de paz. Claro que está muy bien que se converse, pero en país neutral; está muy bien que se pacte exoneración de penas, aunque no por delitos de tal magnitud, que no estaban previstos. Personalmente no me produce alivio la encarcelación de un semejante; no concibo al ser humano en cautiverio, tal vez con algunas restricciones sí y reeducación en defensa de la sociedad restante.

Está muy bien, que se remunere y sostenga a los alzados en armas mientras se reintegran a la vida civil, pero no está bien, a mi juicio, aunque es la razón de ser de su alzamiento, que se les den las riendas del Estado, sin conquistarlas en elecciones. La forma de llegar al poder en una democracia no puede ser por las armas, se nos ha enseñado, sino por medio de votos y deliberación política, por fastidiosa que nos parezca.

Una paz como esta, del tipo Santos, da origen a dos países: el que venía siendo, con sus reglamentos y demás y sus cárceles (ojo, sus cárceles por robar gallinas), con sus parlamentarios de diverso origen democrático y el otro país insurgente, indultado, libre y olímpico (sin prisiones, pese a haber asesinado a miles y, al parecer con orgullo, a líderes de altísimo rango). Es la polarización, es el sí y el no encarnado y encarnizado; es la división que data del 20 de julio de 1810, que, como lo trae el reciente libro de Casas Santamaría, no ha cesado diez años después de cumplirse el bicentenario.

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Una curiosidad: Algunas personas, muy jóvenes para la historia que cuentan, creen que la palabra “monstruo” para referirse al gran Laureano la acuñó el liberalismo colombiano en señal de terror. Lejos de eso. “Monstruo” le dijeron sus propios copartidarios por simpatía, admiración y asombro, o reinventémonos la historia una vez más.

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