Por: Paloma Valencia Laserna

El sueño colombiano

Desde la colonia existe el sueño de la renta; un sueño que implica poco trabajo y grandes riquezas. Tras él han corrido miles de conciudadanos durante ya muchos años; algunos han obtenido la opulencia, pero el costo social ha sido monumental.

 Para desgracia de los colombianos, los recursos naturales han sido una maldición; la minería ilegal se ha convertido en la nueva droga, en el nuevo caucho...

Timbiquí es un pueblo en la costa pacífica caucana. Hoy, las aguas antes claras de su río están revueltas y confusas como lo está el ánimo de sus habitantes. Las dragas crujen sobre el río donde a veces destella el oro; y nadie mira. Sólo las Farc, que les cobran a los “empresarios” cinco millones por cada máquina, están atentas a cada hallazgo.

La Bogotá pomposa no sabe lo que pasa por esos recónditos lugares. La Fiscalía parece colmada con Colmenares, el Ejército empecinado en los “cabecillas” que se capturan todos los días. La Policía tiene allá sus delegados y no puede mandar más pues ya son insuficientes en todos los pueblos de Colombia. Y las autoridades ambientales se deshicieron del problema con el argumento fastuoso de que la minería ilegal es asunto de las alcaldías.

Evade el problema también el departamento, y la Corporación Autónoma (CRC), que insiste en que el asunto les corresponde al alcalde y a la Policía. Los policías tienen miedo; y quien los culpa son pocos y los otros son muchos y muy bien armados. También los soldados —un puñado de muchachos— se protegen tras las trincheras; el peligro es inminente. A veces deben esquivar las balas de los enfrentamientos de las Farc con las bacrim que pretenden apropiarse del territorio. El primer mandatario ya casi no quiere abrir los ojos, deambulará preguntándose si valdrá la pena morir por la riqueza que pretenden los bandidos.

La guerrilla tiene decidido volar la alcaldía, por lo que el edificio está vigilado. Aquello obligó a los terroristas a intentar aproximaciones diferentes, volaron la casa contigua, pero la explosión no fue suficiente. Los habitantes del barrio La Cabecera, donde está ubicada la alcaldía, temen a sus propias casas. Transitan con maletines durante las tardes y todos duermen en el hotel, no sea que la bomba resulte bajo su propia cama. Los generosos y dialogantes terroristas les han advertido que las casas deben ser desalojadas a más tardar a las seis de la tarde y sólo pueden regresar a las siete.

Ya todos lo saben, habrá una explosión. Será simbólica. El edificio caerá para que no quede duda de que el poder no está en manos del Estado. Dejó de estarlo hace meses, pero esa alcaldía parada ahí es un recuerdo insufrible.

Empezaron también los homicidios: el fotógrafo del pueblo fue acribillado con doce tiros de fusil; quedó tendido en un billar. Su pequeña niña en un futuro, cuando sea una mujer, se preguntará si tal vez ese padre muerto tomó una foto que no debía aparecer.

El miedo domina y enceguece. Como enceguecen la indiferencia y el deseo de que lo que pasa no suceda. ¿Hasta cuándo unos pocos violentos y ambiciosos van a dominar la vida de los colombianos? ¿Qué vida es posible si no hay seguridad?

 

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