Por: Tatiana Acevedo Guerrero

“El sueño de muchos, realidad de pocos”

Este es el eslogan con que se promociona “Lucca 52”, un proyecto de vivienda en Barranquilla.

La capital del Atlántico crece y se construyen edificios altos y con zona húmeda, a toda velocidad. Pedro, que trabaja como obrero de construcción, me contó que dependiendo de los tiempos de entrega, duermen in situ, pues así “rinde más”. Al final de la jornada se va para Malambo porque no vive en la ciudad que está construyendo. Él y sus compañeros viven en otra parte, tienen otro alcalde, otras aguas, otros colegios y otra electricidad. Sin Malambo y Soledad, Barranquilla no estaría creciendo. No podría hospedar y mantener su fuerza de trabajo. Al ejército de obreros, celadores, niñeras, empleadas del servicio y jardineros que fabrican día a día la ciudad soñada por los Char.

La capital de Santander es otra que destaca por su crecimiento, colegios e industria. El balance positivo sería imposible sin Girón. Girón fue uno de los principales receptores de familias víctimas de desplazamiento forzado que venían buscando a Bucaramanga. También recibió a las cientos de familias damnificadas en el invierno. Casi todo el municipio es estrato 1 y 2 y trabaja en Bucaramanga. En 2015 la prensa ha registrado tres tipos de noticias originadas en Girón. El primero sobre sus 63 barrios informales en peligro de inundaciones. El segundo sobre el crecimiento de microtráfico (descubrieron un exitoso expendio de cocaína en un bus Girón-Bucaramanga). El tercero sobre ciudadelas de interés social para “víctimas del conflicto o el invierno” que no se entregan o se entregaron en malas condiciones. En la Ciudadela Nuevo Girón, de aproximadamente 1.400 viviendas, hay aumento en casos de trata de personas, el colegio público asignado está cobrando las sillas a los padres (estos no las pueden pagar) y hay un brote de enfermedades por “los altos niveles de contaminación del río que bordea la zona”.

Como Girón, Soacha fue uno de los municipios que más familias desplazadas recibieron en el país. Un 75% del municipio es estrato 1 y 2 y trabaja en Bogotá. El 50% de sus barrios son informales. En 2015 la prensa ha registrado tres tipos de noticias originadas en el municipio. El primero hace balances preocupados sobre el crecimiento del microtráfico. El segundo ejemplifica el malestar de la comunidad por la ausencia de buses alimentadores de Transmilenio (no hay quien lleve a la gente de las estaciones hasta los barrios). El último denuncia la falta de profesores en colegios públicos (el alcalde aseguró que la crisis se debe “al incremento desordenado de la población y las construcciones de interés social”).

Rascacielos, parques, Éxitos y Carullas. Nuestras ciudades cosmopolitas dependen de que los municipios vecinos, con muchos menos recursos, hagan frente a las crisis legadas (alimentadas) por el conflicto armado. Sus habitantes tienen un estatus ambiguo, dejan su trabajo en una ciudad y duermen en otra, en barrios informales o proyectos inacabados de vivienda. Estos municipios amortiguadores reciben además un buen número de desmovilizados reincidentes y por esto son sitio de operaciones de bandas emergentes. En plena antesala electoral, sabemos que Vargas Lleras vela por Barranquilla, los Aguilar y su Santísimo por Bucaramanga y muchos se disputarán Bogotá. Pero poco se habla de las ciudades que las sostienen, en las que hacen agua los programas asistencialistas. En un contexto de diálogo sobre lo urbano, en medio de un proceso de paz y en vísperas de una gran desmovilización, estas son las verdaderas ciudades del futuro.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Tatiana Acevedo Guerrero

Nadar juntos

El personaje del año

Lo que pasó esta semana

Vasos capilares

Las justas proporciones