Por: Iván Cepeda Castro

El sufrimiento de Íngrid

Relatos de los sobrevivientes de experiencias de prolongada privación de la libertad narran que en determinado momento puede sobrevenir una especie de indiferencia definitiva hacia los actos vitales que garantizan la subsistencia. A esta condición se llega no sólo por efectos del agotamiento físico motivado por la extrema degradación de la existencia que entraña el cautiverio. La progresiva renuncia a seguir cumpliendo con la rutina de supervivencia no es principalmente la manifestación de una condición corporal. Su esencia es el hastío moral que lleva al rehén a la negación total a continuar cumpliendo órdenes denigrantes y a seguir siendo ultrajado.

La imagen de Íngrid Betancourt en la selva, luego de años de secuestro, es la imagen de la ignominia, y al mismo tiempo de la dignidad. Su carta representa el testimonio de la actitud estoica con la que ha sabido enfrentar todos y cada uno de los padecimientos que le ha impuesto la crueldad de sus captores. Esa imagen y esa carta son la peor derrota que ha experimentado la guerrilla en su historia. Ni los bombardeos ni los operativos militares del Plan Patriota son tan devastadores para las Farc como la constatación irrefutable del punto al que ha llegado la monstruosa práctica del secuestro en Colombia. Las Farc deben renunciar definitivamente a esta despiadada modalidad de financiación y chantaje.

Las palabras de Íngrid además de ser la recapitulación del sufrimiento que han soportado durante largos años ella y cientos de secuestrados, contienen una reflexión y un llamado a la conciencia de todos los colombianos y colombianas. Como miembros de una sociedad habituada a la atrocidad hemos perdido la vergüenza por el daño causado a otros y por la indiferencia colectiva que posibilita que la vida cotidiana siga como si nada estuviera aconteciendo desde hace décadas en nuestro país; la vergüenza que debiera impedirnos seguir considerando que vivimos en la normalidad; la vergüenza que debiera impulsarnos a la sublevación radical ante toda forma de violencia y de injusticia. Ese sentimiento constituye el principio de la convivencia civilizada y es el que evitaría aceptar indolentemente el horror que a diario presenciamos en medio de la más repugnante trivialidad. Ese sentimiento ético primordial, que está por encima de toda ideología o todo credo religioso, es parte de lo que Íngrid llama la sed de grandeza a la que debemos aspirar y “que hace surgir a los pueblos de la nada hacia el sol”.

El tiempo de Íngrid y de los demás secuestrados se agota. La fragilidad de su salud y la convicción del Gobierno de que es posible rescatarlos por la vía militar en medio de la intensificación de la guerra, acentúan los peligros. La prolongación indefinida de su ya de por sí dilatado cautiverio tendrá secuelas irreversibles sobre sus vidas y sus familias.

Ya no hay más tiempo: la condición inhumana a la que han sido reducidos los secuestrados, que los coloca al borde de la muerte, así como la obsesión presidencial por convertir su rescate a cualquier costo en trofeo de la seguridad democrática, le confiere carácter urgente al empleo de todos los canales posibles para facilitar el canje humanitario.

 Me uno a los familiares de los secuestrados en este difícil momento para respaldar la gestión de esa otra mujer ejemplar, que también padeció el cautiverio, la senadora Piedad Córdoba. Su entrega a esta causa contrasta con la mezquindad del Gobierno, que tiene el corazón grande para los jefes paramilitares y la mano dura para las víctimas.

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