Por: Aldo Civico

El suicidio de Sergio Urrego

Víctima de una inaudita violencia psicológica, a los 16 años, Sergio Urrego se quitó la vida el pasado 5 de agosto.

¿Su culpa y pecado? Ser gay (además de anárquico y ateo). Lo que indigna es que la discriminación y el bullying sistemático fueron perpetuados por el centro educativo donde estudiaba. La muerte de Sergio no puede quedar en la indiferencia y en la impunidad.

El Espectador desde sus páginas ha narrado en detalle las arbitrariedades que el docente Mauricio Ospina, la psicóloga Ivón Andrea Cheque Acosta y la rectora Amanda Azucena Castillo, del Gimnasio Castillo Campestre de Bogotá, perpetraron en contra del menor. Da escalofrío leer lo que Sergio tuvo que sufrir, según el testimonio de su familia y de sus compañeros, humillado y criminalizado por ser homosexual y por expresar su afecto a su compañero y novio.

En Colombia, la ley contra la discriminación garantiza la protección de los derechos de una persona también por razón de su orientación sexual y establece como circunstancias de agravación punitiva cuando la conducta discriminatoria se ejecute en espacio o establecimiento público, se realice por servidor público y se dirija contra un menor. Por eso, las circunstancias que llevaron a Sergio a quitarse la vida tienen que ser cuidadosamente investigadas por las autoridades competentes. No se puede tolerar la homofobia en los espacios educativos.

Pero el ambiente en el cual se dieron las circunstancias que llevaron al suicido del joven no son aisladas y circunscritas solamente a esta institución educativa en particular; por el contrario, se dan en un contexto más amplio, donde líderes políticos y religiosos alimentan con sus declaraciones y gestos la discriminación y marginalización de personas homosexuales. Son un ejemplo las declaraciones inaceptables del senador Gerlein, la ofensiva del procurador y del cardenal Rubén Salazar Gómez contra las uniones homosexuales, y hasta el oportunismo político del presidente Santos y de su gabinete que, como lo denunció en su momento el senador Armando Benedetti, muchas veces ha optado por el silencio sobre los derechos de los homosexuales para no fastidiar a la Iglesia católica; todos jugando con la vida y los derechos de las personas, para cuidar sus ventajas e intereses.

El suicidio de Sergio fue un acto de protesta, como dijo la familia. Como el monje budista que en Saigón se inmoló para denunciar la persecución del gobierno vietnamita contra el budismo, así Sergio Urrego llevó a cabo un gesto extremo e irreversible para despertarnos de nuestra indiferencia, ignorancia y hasta odio por la diversidad. Sergio se inmoló para recordarnos que una sociedad auténticamente democrática y moderna pone en el centro a los individuos y sus derechos; también el derecho a una afectividad completa, que puede ser diversa, pero que no ofende ni amenaza a nadie.

Con su gesto dramático y definitivo, Sergio Urrego nos reta y nos examina: ¿hasta qué punto la dignidad de la persona humana y su derechos son hoy para la sociedad colombiana un valor compartido?

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