Sirirí

El sur se desangra

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La caricatura de Luisé el pasado miércoles en la página editorial de El País no pudo ser más elocuente: en ella aparece un mapa de Colombia cuya costa Pacífica se ve devastada y desangrada. Esa es la verdad de lo que está sucediendo en esta abandonada y, paradójicamente, rica región de nuestro país, que se merece mejor suerte.

Pero no, desde dicha costa hasta el interior, la violencia se ha tomado los rancheríos, pueblos y veredas hace muchísimo tiempo y solo ahora, cuando los crímenes golpean las capitales y ciudades más o menos importantes, ha salido a la luz la realidad de lo que allí sucede.

Las siembras inatajadas e inatajables, las procesadoras de alcaloides y su tráfico y comercialización, amén de la minería ilegal, están imponiendo un clima de zozobra en el que la sangre es la protagonista.

El 12 de agosto fue en Llano Verde, al oriente de Cali, en donde aparecieron brutalmente masacrados cinco menores de edad. El 15, en Samaniego, otros jóvenes —nueve en total— fueron igualmente ultimados. Hoy y mañana seguramente continuarán apareciendo cadáveres y más cadáveres en el Cauca, en el Valle y en Nariño, sin que aparezca un hilo conductor contundente como para comprobar la relación que hay entre unos y otros crímenes. Todo se basa en conjeturas en las que, desde luego, las actividades ilícitas tienen algo o mucho que ver.

Allí, los actores del conflicto son varios: población indígena —que está entre la espada y la pared—, la delincuencia común, los carteles de las drogas de aquí y hasta de Sinaloa, el rebrote del paramilitarismo, los inermes pobladores y, desde luego, los activistas profesionales que prenden las mechas, pagados vaya a saber por quién.

Mientras que todo esto sucede y se hacen cumbres de seguridad, que cada vez están más desprestigiadas, la situación sigue empeorando, pues como andamos empandemiados, de no ser por los cada vez más escabrosos asesinatos, pocas bolas le pararíamos al tema.

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