Por: Alejandro Gaviria

El sur también existe

Usualmente se dice que en Colombia coexisten dos países distintos, casi opuestos, un centro próspero y una periferia atrasada, unas laderas y mesetas densamente pobladas donde el Estado es una realidad y unas selvas y llanuras menos populosas donde el Estado es tan sólo una ficción, una Colombia temperada y otra tropical.

“Nuestras cordilleras son verdaderas islas de la salud rodeadas de un océano de miasmas”, escribió Miguel Samper en el siglo XIX. Esta clasificación es imperfecta, parcial, descomedida incluso, pero iluminante. Explica de la única manera posible: simplificando.

Quiero proponer una clasificación distinta. Imperfecta, especulativa, apenas sugerente, pero fructífera en mi opinión. Desde hace un tiempo, Colombia se ha venido dividiendo en dos países distintos: el del norte y el del sur, uno de Cali hacia arriba (me estoy imaginando un paralelo que pasa por la ciudad de Cali y continúa hacia el oriente) y otro de Cali hacia abajo, uno donde existen asomos de modernidad económica y otro donde el futuro luce aún peor que el pasado. En suma, hay un país en trance de transformación y otro que parece moverse en sentido contrario: la república cocalera del sur. Estos ejercicios, ya lo dije, pueden ser descomedidos.

Cartagena, Barranquilla e incluso Santa Marta están creciendo aceleradamente; el aumento del comercio está corrigiendo un disparate histórico: la concentración de la actividad económica en las laderas andinas, más cerca de las estrellas, pero muy lejos del mar. Medellín está transformando su economía poco a poco; de la manufactura está moviéndose hacia los servicios especializados. Una ecología de pequeñas y medianas empresas, algunas con vocación exportadora, ha surgido en Bucaramanga y sus alrededores. Villavicencio parece destinada a convertirse en la capital petrolera del oriente. Bogotá disfruta de una doble ventaja: la de su tamaño y la de la presencia del Estado. En fin, muchas ciudades y regiones de Colombia tienen una vocación económica clara, no consolidada pero sí evidente.

En la república del sur, de Cali hacia abajo, del puente para allá, la situación es distinta. No parece existir una vocación económica más allá del narcotráfico y la corrupción, del negocio de la droga y del negocio de robarle al Estado. La plata del narcotráfico permite capturar al Estado y la captura estatal facilita, a su vez, la operación del negocio de la droga. Es un círculo vicioso tan perjudicial como poderoso. No sucede solamente en el sur de Colombia. Pero allí es predominante. No es casual que Cauca y Nariño se hayan convertido en el epicentro de la guerra, que DMG y DRFE hayan surgido precisamente en el sur (el espejismo de las pirámides ocurrió en medio de la aridez económica), que la canciller se haya reunido esta semana con su homólogo ecuatoriano a hablar de refugiados, de quienes huyen de la violencia y del atraso.

Infortunadamente muy poco se está haciendo para contrarrestar la tendencia descrita. Hay una retórica oficial, repetida insistentemente, sobre la necesidad de cerrar las brechas regionales. Pero la retórica no está acompañada de políticas concretas. “El aumento del pie de fuerza no es suficiente… necesitamos desarrollo”, dijo Antonio Navarro esta semana. Y tiene razón. La república del sur está ocupada militarmente, pero no mucho más. Ya casi parece otro país.

agaviria.blogspot.com

 

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