Por: María Elvira Bonilla

El tabú del suicidio

Uno de los argumentos que dio Antonio Navarro para renunciar a la Secretaría de Gobierno en los comienzos de la Alcaldía de Gustavo Petro, fue su intención de estar más cerca y más dedicado a sus dos hijos: Gabriel y Alejandro.

Y cumplió. Gabriel sobre todo merecía toda su atención y se la dio. Conocido el desenlace de su joven vida, puede uno imaginarse los esfuerzos, la lucha de Antonio Navarro para darle apoyo y serenidad y así arrebatárselo a los demonios, a los delirios, a los tormentos que lo derrotaron. Como bien dijo en un trino, “Hicimos la paz para que los padres no siguieran enterrando a sus hijos y no pude evitar que me pasara. Estoy aplastado”. Pensamiento que repitió a sus colegas en el Senado: “He pasado por situaciones muy difíciles en mis años de vida, pero nunca antes había sentido tanta angustia y tanto sufrimiento como en estos nueve días desde que murió Gabriel. Por ratos aplastado, quisiera que literalmente me hubiera tragado la tierra… personas que vivieron dramas similares nos enseñan cómo afrontarlo”.

Un drama que sacude. El suicidio, un acto que termina por confrontar a la sociedad toda, a nuestra condición humana. Es el rechazo final e inapelable a un mundo que desprecian en el cual no tuvieron, no encontraron cabida, ni esperanzas, ni ilusiones, como aparece reiteradamente en sus cartas finales. Casi siempre lúcidas, crudas, desgarradoras como la de Sergio Andrés Urrego, el joven que por su condición homosexual terminó empujado a la desesperación suprema.

Un drama que ronda siempre, que no se olvida. Porque encierra una decisión tan respetable como insondable y misteriosa. Indescifrable. Como sucedió con Andrés Caicedo al tomarse 60 pastillas de secobarbital el mismo día en el que recibió el primer ejemplar de ¡Que viva la música!, que tres décadas más tarde se convertiría en una obra de interés universal. O con Daniel Segura, Dani, de quien conocimos su lucha finalmente inútil por engancharse con la vida, gracias a la voz potente y valiente de su mamá Piedad Bonnet, quien en ese libro sublime Lo que no tiene nombre, narra la dimensión de la tragedia. Piedad, es una de las pocas personas que logra abordar el suicidio sin eufemismos y encarar públicamente el significado de esta derrota mayor.

Una decisión rodeada de misterio y tratada con vergüenza y tal vez miedo, a través de los tiempos. Desde siempre, como ha sucedido con grandes de la literatura como Virginia Woolf, Alfonsina Storni, Silvia Piaf, Primo Levi, Sandor Marai, Stefan Sweig, Walter Benjamin, Yukio Mishima, José Asunción Silva y tantos ciudadanos comunes enterrados en el Cementerio Libre de Circasia en el Quindío, construido a comienzos del siglo pasado para recibir los cuerpos de aquellos a quienes la iglesia católica rehusaba darles cristiana sepultura.

Los suicidios aumentan en el mundo. La OMS registra un promedio de 800.000 al año. Cada 40 segundos una persona se quita la vida. Aunque terrible no es extraño en un mundo en crisis. Un tema profundamente humano que sigue sumido en el tabú, cuando mirarlo de frente podría dar claves para entender mejor la sociedad enferma en la que vivimos.

 

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