Por: Eduardo Barajas Sandoval

El Taoiseach se suma al desorden

Cada día más gobernantes sucumben a la tentación de decir en público cosas de aquellas que de pronto se piensan, o se dicen, en privado. Por los canales de los medios tradicionales, y a través de las redes sociales, se propagan los efectos de un contagio que lleva a políticos en condición de jefes a romper parámetros y modales cuya observación había dado la impresión, provisional, de que unas cuántas cosas se habían consolidado, o no arreglo posible. 

Con un cierto descaro surgieron reclamos y descalificaciones dirigidos a los amigos de siempre. También amenazas hacia ellos y, por supuesto, hacia contradictores tradicionales. Es como si, de repente, se hubiera saltado la tapa del contenedor de los resentimientos y las cuentas por saldar. 

No faltará quien considere que, después del represamiento de tantas sensaciones retenidas en el dique de la hipocresía, tenía que llegar un momento de despeje de dudas y trámite de inquietudes en las relaciones, aun las más amistosas. Una especie de limpieza, catársis, de aquellas que sirven para arreglar problemas. Solo que, de paso, pueden traer efectos inmediatos que resultan molestos, cuando no se convierten en la señal de partida de nuevas confrontaciones.

En medio de los desvaríos que han salido de Washington, Caracas, Pyongyang, Roma, Ankara o Manila, el brexit ha producido también su propia cosecha. Así, en plena campaña para el referendo que terminó por señalar la ruta incierta del retiro británico de la Unión Europea, los impulsores de la ruptura echaron el cuento de que el Reino Unido le estaba regalando periódicamente a la Unión una millonada, cosa que después sus pregoneros reconocieron que no era cierta. Como si la mentira hubiera pasado a ser, impúnemente, parte del folclor de la vida política. 

El flamante nuevo primer ministro, que compite en muchos campos con el presidente de los Estados Unidos, lo primero que dijo fue que no pagaría a la Unión la suma debida por el retiro unilateral de su país, a menos que Bruselas, con la anuencia de todos los demás, echara para atrás y le ofreciera un nuevo trato: ¡el que él solicite! No sobra decir que la Unión ya ha respondido que no habrá nuevo trato, y mucho menos el que pida Boris Johnson, pues ya se les ofreció a los británicos lo que se les podía ofrecer.

Uno de los pensamientos extremos, que se presentía pudiese salir a flote en medio de la desordenada sucesión de hechos en torno al brexit, era el de el eventual aprovechamiento de la ocasión para echar a andar, una vez más, la idea de la ruptura del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Tema de importancia mayor, pero también típico de aquellos que circulan en el ánimo de ciertos sectores. Como quedó demostrado, por ejemplo, con los resultados favorables a la permanencia que tuvo en Escocia la votación sobre la vinculación a la Unión Europea. 

Ahora se ha escuchado una voz más fuerte, con advertencia sonora y explícita. Leo Varadkar, primer ministro de la República de Irlanda, ha dicho: “Una salida británica sin acuerdo podría llevar a la unidad de Irlanda y a la ruptura del Reino Unido”. Palabras mayores, al provenir del “Taoiseach”, esto es el jefe de gobierno de un país que ha tenido con los británicos una tremenda historia de vecindad y confrontación, que tuvo muchos episodios sangrientos, el último de los cuales se dio por terminado hace apenas 21 años, con los Acuerdos del Viernes Santo. 

Las palabras de Varadkar, hijo de primera generación de inmigrantes indios de Bombay, tuvieron como fundamento el hecho de que una salida británica de la Unión Europea sin acuerdo, como parece dedicado a hacerlo Boris Johnson, dejaría expósito, sin reglas claras, a la deriva, el problema de la frontera entre las dos Irlandas.

Claro, la frontera entre la República de Irlanda, al sur, e Irlanda del Norte no solo es la única frontera terrestre del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, sino que es la que, a partir del brexit, lo separaría de la Europa comunitaria. Asunto difícil de manejar, pues justo esa línea divisoria es la que parte en dos a Irlanda y significa el aplazamiento indefinido del sueño de la unidad irlandesa, aunque, bueno es reconocerlo, históricamente ha representado también el abrigo para un importante sector de la sociedad que desea permanecer unido al Reino Unido.

Ya se sabe que la pertenencia del Reino Unido a la Unión Europea había arreglado, de hecho, buena parte del problema de la frontera, que se vuelve a abrir en la perspectiva del brexit. También se sabe que la Europa comunitaria ofreció establecer un estatus especial para Irlanda del Norte, anglicana y probritánica, en el sentido de que podría seguir gozando de los privilegios de la Unión. Privilegios que, según la dirigencia británica, la pondrían en posición aventajada frente a los otros países miembros del Reino Unido, esto es Inglaterra, Gales y Escocia, algo que para ellos resulta inaceptable.

Pero es precisamente en ese contexto en el que el primer ministro irlandés ha subrayado, en declaraciones sorprendentes, que una salida sin acuerdo llevaría a que cada vez más personas en Irlanda del Norte pusieran en duda las ventajas de seguir adelante con los ingleses y que ciertos nacionalistas moderados se fueran decididos por una Irlanda unida. Además de preguntarse si protestantes liberales y unionistas, hoy con los británicos, duden en qué circunstancias se sienten más en casa, si con el estatus europeo, o con leyes que traerían de nuevo asuntos como la pena de muerte. Para rematar afirmó que, irónicamente, el brexit se puede convertir en un factor que atenta contra la unidad del Reino por ahora unido.

El nuevo jefe del gobierno británico, muy conforme a su estilo, ha respondido que en ninguna circunstancia habría ningún tipo de check points en la frontera de Irlanda del Norte. Pero no ha dicho eso en qué consiste. ¿Quién lo entiende? Mientras se despejan las dudas, Leo se ha sumado al desorden… del propio Boris.

873475

2019-07-30T00:00:30-05:00

column

2019-07-30T09:49:50-05:00

jrincon_1275

none

El Taoiseach se suma al desorden

32

6289

6321

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Eduardo Barajas Sandoval

Un fotógrafo para nuestra época

Mugabe: la gloria a cambio de poco

Comedia para no reír

Ya no danzan en las calles

Países en compra y venta