Por: Cristina de la Torre

El teatro no nació con Fanny

EL ACTO MISMO QUE DIO A LUZ EL FEStival Iberoamericano decretó la muerte del Festival Nacional de Teatro, que Patricia Ariza dirigía desde hacía 15 años.

Colcultura le reducía al 5% los aportes, para concentrar todos sus auxilios en el nuevo proyecto. Entonces Ariza, ícono de la era en que el teatro colombiano compartía honores con el mejor del mundo, se atavió de harapos, mendigó en las calles, batalló contra los vigilantes del despacho oficial que impedían el ingreso de desechables, se llegó hasta el lustroso escritorio del Director, y sobre él depositó las limosnas recibidas. Cuatro años después, crearía el Festival Alternativo de Teatro, que reúne cuanto la organización del Iberoamericano mira con desdén: la dramaturgia nacional y nuevas propuestas para las artes escénicas que escapan a los circuitos oficiales de visibilidad.

Epifanía impensable en un país acostumbrado a conspirar contra la cultura, el Iberoamericano trae una refinada selección de autores, compañías, directores, actores y montajes que configuran el gran teatro de todos los tiempos. Enhorabuena. Botón de muestra es, esta vez, Guerra, de Pippo del Bono. Destruyendo el formalismo de la belleza consagrada, el director reivindica aquí como otra estética la deformidad física de sus actores y extrae de ellos la fuerza primigenia del drama. Pero en estos 22 años de Iberoamericano, los Del Bono escasean cada vez más, mientras el carnaval va colonizando el evento. Menos teatro, más altisonancias fugaces, más circo y salsa y rock de aficionados y hasta un número de lucha libre. Menos sustancia, más fuegos fatuos. Como si todo fuera en el rojo de una cabellera, símbolo de su audaz promotora, que se convirtió ella misma en marca comercial de un evento que, de suyo, debería convocar más al arte que al lucro.

Violento contraste ofrece Colombia con países donde el fomento del teatro experimental emana naturalmente del Estado. Aquí, en cambio, se le asfixia, y se le lanza el conjuro neoliberal: ser autosuficiente o morir. Con idéntico principio nos cerraron más de un hospital público en estos 8 años. Se dirá que ahora participan 214 grupos colombianos. Alguna agrupación meritoria habrá, sin duda, entre esta polvareda compactada como número, para mostrar el número, que de exhibir números se trata. Flores de un día, mañana volverán a sus penurias. El hecho es que no fue invitado, por ejemplo, Miguel Torres, cuya obra La Siempreviva mereció el galardón a la mejor obra colombiana del siglo XX. Se publicita mucho, en cambio, la participación de 15 bandas de aprendices de música en barrios populares. Y, como no todo lo que sale del pueblo es popular, cabe una analogía con el argumento de Julio César Londoño: “El PIN es un movimiento plebeyo, pero su causa no es del pueblo. Porque se proclama ‘partido del Presidente’, es decir, de un señor que trabaja en jornada continua para el gran capital”.

Sobreponiéndose a mil dificultades, a puro pulso de calidad y convicción en la búsqueda de una dramaturgia propia, porfían sobre las tablas grupos como El Local y La Candelaria. Sobrevivientes de la era dorada del teatro colombiano, son nervio del Festival Alternativo. Los rodea un hormiguero de “teatreros” aficionados a experimentar. Sin guía, sin recursos, sin directores y dramaturgos de vuelo, sin crítica, muchos naufragan en un mar de vanidad. Pero hoy en Colombia lleva la voz cantante el teatro comercial, involución al vodevil que acapara todos los apoyos. Su espíritu penetra el Festival Iberoamericano, mas no consigue liquidar otras opciones. Rica oferta de diversidad que permite afirmar, contra tanta publicidad, que el teatro no nació con Fanny. Ni desapareció con ella.

 

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