Por: Pascual Gaviria

El tema del traidor y el héroe

LA BÚSQUEDA DE LA INTELIGENCIA a secas es uno de los más grandes riesgos de la inteligencia militar.

Un pequeño batallón de sabios inadvertidos, de ajedrecistas obedientes y frustrados incuba siempre la posibilidad de una traición. Tarde o temprano el peón decide tumbar la torre y proponer un cambio de reglas. Estados Unidos acaba de sufrir una dolorosa derrota a manos de un joven de 22 años de esos que la sociedad americana llama un perdedor. Algunos de los más vergonzosos secretos de las operaciones en Irak y Afganistán se han hecho públicos por voluntad de un soldado con apenas tres años de servicio.

Bradley Manning sufrió desde el colegio el escarnio de ser un ratón de computador, un geek, según el diccionario en su pequeño pueblo de Oklahoma. Más tarde, ya viviendo con su madre en Gales, soportó las burlas de sus compañeros por sus maneras amaneradas. En su colegio era un simple “maricón americano”. Pero Manning era peligroso: tenía talento y no encontraba un cubículo decente donde esconderse del mundo. Su único empleador antes de ingresar al ejército lo definió como un muchacho “correcto, muy inteligente y con un sentido innato para la programación”. Al mismo tiempo irascible y dispuesto a jalar el hilo de sus razones hasta ahorcarse. Más tarde, de nuevo viviendo en su pueblo, uno de los huecos del cinturón de la Biblia, su padre se enteró de que era homosexual y lo echó de la casa. Manning terminó viviendo en su carro, uno más de esos jóvenes coyotes gringos que muestran sus dientes de vez en cuando.

La fila del reclutamiento fue su única opción y sus habilidades lo llevaron a 14 horas de trabajo durante siete días a la semana frente a una pantalla de computador en Irak. Ahí comenzaron sus sueños de grandeza. Había tenido trato con una comunidad hacker y poco a poco la idea de que la información debía ser libre se le convirtió en una migraña: “Hillary Clinton y varios miles de diplomáticos en todo el mundo van a sufrir un ataque al corazón”, escribió Manning en uno de sus correos. Soñaba con generar un gran debate mundial, con pasar de la insignificancia de la criptografía al altar de los héroes morales en los periódicos. Tal vez su régimen diario de pastillas haya aumentado los delirios de gloria y honor. Ahora está en una celda en Virginia, con posibilidades de ser acusado por alta traición y vigilancia permanente para evitar un suicidio.

Para cerrar la confusión de héroes y traidores aparece Adrian Lamo. Un mítico hacker que se ganó la confianza de Manning y terminó entregándolo. Una especie de protagonista de On the road del siglo XXI. Viviendo en buses, bibliotecas universitarias y ciber cafés mientras saboteaba las redes de grandes compañías. Le pareció que Manning iba un paso más allá. Tal vez fue envidia de su juego más serio.

Se ha hablado mucho de la novedad que supone este destape y del papel transformador de la página (www.wikileaks.org) que terminó difundiendo los archivos filtrados por Manning. Sin embargo el cuento es viejo. Hace casi 40 años Daniel Ellsberg fotocopió 7.000 documentos sobre la guerra de Vietnam y los entregó a 15 periódicos en Estados Unidos. Provocó una batalla legal, precipitó de algún modo el fin de la guerra y fue tachado de traidor y héroe. Hoy en día Ellsberg es considerado por muchos en EE.UU. como una garantía moral. Tal vez un poco más tarde Manning tenga la misma recompensa. La conciencia, limpia o turbia de pastillas, será siempre una eficaz enemiga de la guerra limpia que intentan mostrar los gobiernos.

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