Por: Felipe Restrepo Pombo

El territorio de lo común

UN GRUPO DE COLOMBIANOS ENCONtró un particular uso para Facebook: amenazar de muerte. Me refiero, por supuesto, a quienes crearon el grupo “Me comprometo a matar a Jerónimo Alberto Uribe, hijo de Álvaro Uribe”: una página que estuvo brevemente al aire y en la que sus simpáticos miembros prometían asesinar a uno de los hijos del Presidente.

Debo confesar que cuando vi la propuesta de estos aspirantes a homicidas, me decepcionó su falta de seriedad: nunca quedaba claro cómo llevarían a cabo su malévolo plan ni cuál de los dos Uribe era su objetivo. Eso sí: daban muchos argumentos. Me pareció entender que buscaban que el Presidente sintiera “qué es perder a alguien que comparte lazos de sangre con uno mismo, para que le llegue hasta el alma el horror de la guerra”. Me disculpo si no es la verdadera razón, pero es que no estoy acostumbrado a descifrar la sintaxis de los criminales improvisados.

Ahora bien, no es una revelación que muchos odien —a tal punto— al Presidente y a sus hijos. Ellos mismos se han encargado de cosechar enemigos con sus actuaciones reprochables en estos últimos años. Lo que me sorprende en esta ocasión es comprobar cómo algunos colombianos nunca pierden esa sagacidad y ese talento único para el salvajismo. No tengo información de otros casos de amenazas similares en el mundo, pero no me extraña que nuestro país haya sido el pionero. La prueba es que, aunque ha sido el más publicitado, el caso de los Uribe no es único. Al parecer existen varios otros grupos que han sido creados para amenazar a diferentes personas, en particular a Samuel Moreno y a Piedad Córdoba. En su blog de La silla vacía, Olga Lucía Lozano cita algunos —“Los que odiamos, repudiamos y aborrecemos a Samuel Moreno”, “Piedad Córdoba, perra hijueputa, lárgate del país”— y se pregunta por qué nadie les ha dado la misma importancia.

Eso ya no es relevante. Porque la confrontación que se vive en el país se ha filtrado irremediablemente en todos las esferas públicas: incluso —y con particular violencia— en las virtuales. Primero fueron los foros de los medios de comunicación —el lugar favorito de francotiradores con ínfulas de opinadores— y ahora es Facebook. Me imagino que falta poco para que llegue también a Twitter. Y estoy seguro de que 140 caracteres no serán limitantes para la desbordada imaginación de muchos.

La tecnología ha creado un espacio perfecto para que algunas personas digan lo que sea, sin ningún control y con absoluta impunidad. Hace unas semanas Ray Loriga escribió en El País Semanal: “Ahora que proliferan las redes sociales, que no parecen sino un modo de compartir la banalidad, me pregunto cuál es la necesidad de saberse presente entre los demás, ya no sólo en la resistencia frente a las grandes injusticias, sino incluso en el mero ejercicio de nuestras distracciones menores”. El escritor español advierte sobre los problemas de Facebook. Uno de ellos es que les crea a sus usuarios la ilusión de estar más conectados al mundo que nunca. Pero, de hecho, es la prueba de lo aislados que están. La otra es que es una red de grandes convocatorias sociales, cuando apenas es un lugar para satisfacer la necesidad de exhibirse y husmear.

Si Loriga conociera las amenazas, tal vez encontraría otro defecto de Facebook. Que ya no sólo es el imperio de la banalidad y la estupidez. Ahora también es ideal para la barbarie.

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