Por: Santiago Villa

El tiempo, un instante, la historia

A pesar de que están aquí por ella, casi nadie la mira. El sol golpea las escaleras que conducen a la fachada huérfana de las ruinas de la catedral de San Pablo de Macao, una iglesia que fue construida al albor del siglo XVII por los portugueses que establecieron el primer asentamiento europeo en las costas del sur de China.

Un hombre que viste todo de negro; aclaro, un hombre que viste toda su ropa deportiva de negro —zapatillas y calcetines Adidas, camiseta Under Armour y pantaloneta Nike—, con brazos fornidos, torso grueso, algo de panza, bajito, en sus 30 y de aspecto cantonés, con la barba y el bigote ralo de ciertos asiáticos, con los costados de su cabellera rasurados, apunta su teléfono inteligente contra la cáscara de la iglesia barroca, que se quemó en 1835 y nunca más fue reconstruida. Sólo quedó eso: el frontispicio. Y vacíos hacia un cielo hoy azul los hoyos arcados donde alguna vez debieron ir sus puertas y vitrales.

Toma la foto. Baja el teléfono y durante casi un minuto observa no su foto, sino el objeto. A diferencia de buena parte del enjambre humano que asciende las escaleras para capturar la imagen de la catedral, contempla no la reproducción digital en su pantalla, sino la piedra inerme. Llevo unos 15 minutos estudiando desde un costado este peregrinaje turístico y me sorprende cuán pocos lo hacen. Todos la fotografían, claro, y la mayoría también posa en un selfie, o pide que le tomen la foto con la iglesia en el trasfondo, pero casi nadie se detiene a mirarla.

Entonces me siento tentado a caer en la trampa de la condena. De lamentar que esta horda de visitantes llegue a uno de los símbolos más tempranos de la globalización, antes o después de pasar el día en los casinos de la única ciudad de China donde se permiten los juegos de azar, y sean sordos a los símbolos que arroja la fachada barroca. Al canto profundo de la historia. Ceder a la acogedora amargura suscitada por la esterilidad en que ha caído la hermenéutica mestiza que reúne casi por primera vez a signos del extremo Oriente y Occidente.

Porque hay algo bello en la talla de una carabela portuguesa y de un diablo con una flecha atravesándolo, acompañado por una línea de caracteres chinos anunciando: "A causa del diablo, el hombre se hizo pecador". Un dragón de siete cabezas con una Virgen posada encima, y otra proclama en caracteres antiguos: "La Santa Madre aplasta la Cabeza de la Bestia". Y un esqueleto reclinado junto a la inscripción: "Si recuerdas a la muerte jamás pecarás".

Un sermón que ahora, después de 400 años, se derrama como un grifo de baño que alguien olvidó cerrar. Ya no es un texto a descifrar, sino la escenografía de gente desprevenida que la consume en la más rotunda herramienta autobiográfica jamás inventada: el smartphone. El propósito de esta arquitectura es enmarcar la representación de actores ante sus amigos. Sus espectadores digitales. El incesante teatro.

¿Pero acaso hay necesidad de moralizar el turismo y su narcicismo, como lo haría cualquier poeta rancio? R.D. Laing, ese psiquiatra que simpatizaba con la locura, advirtió: "Para el hombre moderno es difícil no ver el presente en términos del pasado. A veces pareciera que no fuese posible hacer más que reflejar la decadencia en torno y al interior nuestro. Cantar tristes canciones de fracaso y desengaño".

¿Hay acaso que llorar la pérdida del macabro acertijo cuyo veneno colonialista destila este templo católico? ¿No es más inofensivo un pinche selfie?

(Y casi al mismo tiempo, en paralelo, me pregunto cuántos acá también imponen sobre esta fachada muda la metáfora de una historia circular, más o menos como la concebía la cronología china imperial, digamos, porque si estas ruinas representan la muerte del imperio portugués, de la globalización ibérica, al otro lado del delta del río de la Perla, donde se halla la isla de Hong Kong —devuelta a China en 1997—, se desvanece la globalización anglosajona. Gran Bretaña es sombra. Estados Unidos retrocede. China se despereza).  

En fin. "Todos somos asesinos y prostitutas, sin importar a qué cultura, sociedad, clase o nación, pertenezcamos", dijo Laing; "sin importar cuán normales, morales o maduros nos creamos". Y me pongo de pie. Bajo las escaleras. Escribo esta columna. 

Twitter: @santiagovillach

 

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