Por: Arturo Guerrero

El tirador de Las Vegas

El tirador de Las Vegas lleva un arsenal porque necesita acabar con el universo conocido. Ha vivido más de sesenta años, los necesarios para declarar suficiente ilustración. Ensayó su función en otros escenarios y ventanas superiores. Está a punto.

No le faltan dinero, yates, carros, cosas. Es hombre de amplios salones y generosas maltas. Los rifles le dan seguridad. Lo blindan contra rufianes y, en especial, contra sí mismo. Pueden más que la plata, decretan la vida y la muerte.

Entra a la habitación del hotel, va directo al panorama de vidrio. La precaución le hizo desembarazarse de testigos, familia, estorbos. Está solo frente a lo ilimitado. Abajo hormiguea la despreocupada multitud de la música. Gente que todavía cree en los poderes del alma.

¿Dejar una carta? Para qué, no es bueno incriminarse ni resolverles misterios a los investigadores. Comprende que lo suyo raya con lo indescifrable. No existe un enemigo con cara conocida de quien pretenda deshacerse, los abogados y jueces se matarán imaginando un motivo de rencor particular.

La aritmética es corta para premeditar cuántos caerán. Tiene municiones capaces de acabar hasta con el nido de la perra. No le interesan estos melindres. El estallido tartamudo hará por su cuenta lo que tiene que hacer.

Fija el fusil con soporte puntual, atisba por el mirador, hace un paneo sobrenatural. Observa cuerpos, gestos, brazos bamboleantes, se engrandece como dios que elige al azar del diablo dónde poner la lluvia desmayada. Un sedoso ademán de su índice es capaz de suprimir lo que fue creado de la nada.

Alguna vez lo sacudió una verdad del Mahatma Gandhi: “la persona que no está en paz consigo misma será una persona en guerra con el mundo entero”.   

Le pareció una declaración bélica ajustada a su estatura de hombre de rifle fácil. ¿Paz, guerra? Acaso la estadía en el planeta es un dilema entre estas dos pulsiones. Su país opulento le otorgó posibilidades de oro, negocios, propiedades, viajes, armas, armas, pertrecho.

Por instantes cruzan dudas en su cabeza, pero él vino a lo que vino. Es hombre de resoluciones, dueño de su albedrío y ahora árbitro de la muerte. No le interesa apuntar a un blanco específico, mujer, joven, viejo, de pelo largo, con o sin sombrero. Los pormenores se los deja al viento.

De antemano sabe que él será la última víctima. Ha premeditado la bala que lo despedirá del estruendo. A nadie le dará el gusto del heroísmo. Fabricará una faena redonda.

Arrancan las ráfagas, el tirador se sacude, un amargor de bourbon infesta sus arterias. En vista de que tras las descargas iniciales el público del concierto no se mosquea, arrecia el tableteo. Entonces admira su obra de segador. Destruye lo que no puede crear, pero lo satisface su divinidad en contravía.

Ignora cifras. Muertos y heridos enrojecen el escenario de su represalia. Se reconoce como eje del presente global. Es Zeus, deidad de rayo y trueno. Se incendia en su fugacidad omnipotente.

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