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hace 36 mins
Por: Columnista invitado

El titiretero porfiado

Por: Alberto López de Mesa*

En los años 70, Camilo Cuervo Saavedra, dispuso el sótano de la casa paterna, en el barrio Sears de Bogotá (hoy Galerías), como sede de un grupo de artistas que por alguna indescifrable predestinación comulgaría en el arte de los títeres.

Ese grupo, originalmente de aficionados, montó obras destacadas en el mapa cultural de la ciudad y del país, constituyéndose en lo que hoy se reconoce como el teatro El Guiño del Guiñol. Creció tanto que obligó a sus creadores a ocupar más espacios de su casa: el comedor sirvió de taller de construcción, el cuarto de Camilo se transformó en un teatrino y la familia, sintiéndose invadida, debió poner límites al crecimiento de la creatividad, “porque con tanto muñeco por ahí, ya eso parece una casa metemiedo”. Más alarmante cuando la mama de Camilo alcahueteó el quehacer de su hijo, prestándose como costurera honoris causa y financiadora secreta.

Pero el barrio y en particularmente la cuadra ya tenía otra predestinación. En los años 90 se transformó el uso del suelo y las casas familiares se vendieron a tabernas, bares y discotecas. El  Guiño del Guiñol se ve rodeado de prácticas de dudosa reputación, que para nada coinciden con el romanticismo de su arte.

Cuando fallecen sus padres, Camilo, porfiando en sus sueños, negocia con sus hermanos para que le permitan en la sala comedor tradicional un “teatro de títeres”. La escala del teátrico da para presentar espectáculos unipersonales, teatrinos de pequeño formato, cuenteros, cantautores y conversatorios. Pero, a decir verdad, la obstinación no es suficiente para enfrentar el gusto “traqueto” de la horda que se impone en la cuadra.

La gente por allí no busca cultura, sino rumba.  Camilo, abrumado por los tiempos, cede la sala a un restaurante y su teatro de títeres se va replegando hacia la parte trasera de la casa. Como en el cuento La Casa Tomada de Julio Cortázar, la casa frontal del recinto se alquila al comercio el pulso del idealismo contra la mentalidad de mercado termina en una transacción resignada, El Guiño del Giñol se vuelve un grupo de títeres trashumante, llevando su arte por el mundo. Hoy sede en la casa original se mantiene reducida en el traspatio.

Camilo, como un Guepetto acosado por un ejército de Strómbolis, protege en un cuartucho de su casa una legión de pinochos.  Este año el grupo conmemora 40 años de existencia. Es el grupo homenajeado del festival Manuelucho.  Y en septiembre, titiriteros de todas partes llegarán al patio de la vieja casa para seguir festejando la porfía y de pronto para conjurar la afrenta del mercado de la rumba.

*Alberto López de Mesa, arquitecto y ex habitante de calle

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