Por: María Teresa Ronderos

El titiritero

CUANDO ESTALLÓ LA NOTICIA DE que la Corte Constitucional había tumbado el referendo reeleccionista, un electricista que hacía una reparación en mi casa me preguntó preocupado:

“¿Quiere decir eso que Uribe sigue o que se tiene que ir?”. Cuando le expliqué que eso significaba que ya no podría ser presidente más allá del 7 de agosto, le sentí un gran desconsuelo.

Y volví a percibir algo de esa atmósfera de desconcierto nacional, esa sensación de orfandad, días después, conversando con unos comerciantes de la Costa Caribe. Me hizo recordar el ambiente de vacío de poder que suelen retratar los múltiples relatos literarios de la caída de Trujillo en República Dominicana.

El efecto no duró mucho, porque Uribe aún tiene cinco meses más en el poder. Pronto, y muy hábilmente, copó otra vez los micrófonos y las cámaras y salió a proclamar su adhesión a la democracia y a preparar el terreno para su nueva batalla política.

Va quedando claro que se ha propuesto la misión de no dejarle nada al azar, y está calculando guiños aquí y allá para asegurarse que en la próxima contienda electoral, dos uribistas salgan de primero y segundo. Así, a la Presidencia llegará sólo uno de sus sucesores.

Mañana domingo se sabrá quién, entre el ungido Andrés Felipe Arias o la batalladora Noemí Sanín o quizás, si la suerte le sonríe, la ex ministra de Defensa Marta Lucía Ramírez, quedará al frente de la poderosa maquinaria conservadora con todo y su lado oscuro (14 de sus candidatos al Congreso han sido cuestionados porque ellos o sus familiares o aliados directos tienen señalamientos de peso o condenas de delitos graves, según votebien.com y otros medios).

En esa locomotora goda tiene seguramente el Gobierno sus apuestas para conseguir un segundo caballo ganador en primera vuelta. Y, si es cierto el rumor de que la U y el PIN pondrán a sus huestes a intervenir decididamente en favor de Arias en la consulta partidista abierta, entonces quedaría más clara esta estrategia oficial. Por su lealtad absoluta al caudillo, Arias seguramente es el favorito.

El otro, obvio, es Juan Manuel Santos, que puntea en las encuestas. Que él y el conservador ganen en las elecciones de mayo es más probable si tienen un amplio respaldo de congresistas. Y, como todo el mundo sabe en Colombia, es mucho más fácil ser candidato desde el poder que desde la calle.

Convenientemente funcional a este escenario soñado por Uribe, han resultado ser la desunión entre los aspirantes alternativos al uribismo, sus rencillas pequeñas, sus egos grandes y sus temores a perder los votos de esa mayoría tan adepta al Presidente actual. Con la excepción de Gustavo Petro, que casi fractura su partido en dos buscando esta alianza temprana, y los verdes, que intentaron unirse con Fajardo y Ramírez, pero fracasaron en el intento, los demás candidatos sucumbieron a la vanidad de medir fuerzas en la primera vuelta. Calculan, supongo, que será fácil aliarse después. Quizás no tengan esa oportunidad.

Sólo si los opositores sorprenden con una audaz alianza o una campaña excepcional, quizá podrán disputarle el centro del escenario al ubicuo Uribe y a sus sucesores. Si lo dejan allí a sus anchas como hasta ahora, así no sea Presidente, lo tendremos de titiritero del poder por un buen rato más.

 

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