Por: Andrés Hoyos

El tonito

¿HA PENSADO, ESTIMADO LECTOR, por qué no se firma un acuerdo de fondo que suelde las graves fracturas políticas que aquejan al país? Yo creo que la culpa es del tonito.

Decía el ex ministro Gilberto Echeverri Mejía —un hombre valioso asesinado en forma vil por las Farc— que los matrimonios no se acaban por las discusiones, sino por “el tonito”. Sabiduría preclara.

Y digo que el culpable es el tonito porque muchas personas se resienten con el presidente Uribe debido sobre todo al tratamiento que él les da. Existen, desde luego, discrepancias con sus políticas concretas, si bien los volantines que dan los opositores al régimen indican que están dispuestos a asumir de oficio el punto de vista exactamente contrario al de Uribe. Yo creo que esta es una forma equivocada de proceder, pero la entiendo. El tonito de Uribe ofende y suscita odio, el odio manipula al que lo siente, y así la política se vuelve torbellino sin salida.

Todos lo hemos visto y oído: Álvaro Uribe tiene, además de su altísima popularidad, la manía de dirigirse a amigos y enemigos en tono pendenciero. ¿Qué pensará, por ejemplo, toda una presidenta del Congreso cuando el Presidente le dice que les “dé garrocha” a sus colegas? Cuando la cosa involucra a un opositor, el tonito empeora, y mucho, adquiriendo a veces ribetes apocalípticos. Que lo diga si no el senador del Polo, Alexánder López. No dudo que algunos puntos de vista de este Senador sean imposibles de compartir, pero ésa no es razón para que el Presidente lo agarre por su cuenta y le pida a la Policía que lo encarcele como si fuera un vil carterista. Al soberbio Presidente se le olvida, entre otras, que la Policía no puede encarcelar así no más a un senador de la República. Si acaso existen pruebas que vinculen a López con delitos, lo procedente es aportarlas en forma callada a la Corte Suprema de Justicia y luego esperar los resultados. Sobra el manoteo.

Usando la infalible ciencia retrospectiva es posible afirmar que la polarización que vivió Colombia en el 2002 era necesaria. En materia de Farc y paramilitarismo nos aplicaba la popular fábula del sapo hervido, que dice que si a un sapo lo echan en una olla de agua hirviente para cocinarlo, salta por instinto de supervivencia, pero que si lo echan en agua tibia y la van calentando lentamente, el sapo no se dará cuenta antes de que sea demasiado tarde. En 2002, los colombianos parecíamos esos sapos adormecidos por el tibio despelote nacional y estábamos a punto de sancocho, de suerte que se requería de una reacción vigorosa, tal vez intransigente como la de Uribe.

No obstante, la polarización ahora resulta contraproducente justamente porque los objetivos del debilitamiento estratégico de la guerrilla y de la desmovilización paramilitar (incluyendo la extradición de los jefes ‘paras’) están bastante avanzados. De ahí que sea conveniente sellar ese acuerdo en el que coinciden muchos analistas. El acuerdo trataría de temas de violencia, de seguridad y del ejercicio legítimo de la política, dejando para la lucha política y el debate las discrepancias sobre la economía, los tratados comerciales, la política internacional, la política fiscal, la cuestión agraria y demás. Con todo, lo más probable es que este bendito acuerdo, tan necesario, no se firme nunca. Porque uno no firma regañado, y Uribe no parece tener ganas de dejar de regañar.

Sobra decir que en la mitad del sánduche estamos usted y yo, querido lector, aburridos y desorientados como viles tajadas de jamón. Nuestro destino lo decide gente orgullosa y dogmática.

andreshoyos@elmalpensante.com

 

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