Por: Piedad Bonnett

El tono hace la canción

Sorprende la cantidad de gente que en las redes o donde puede, bien sea amparada en el anonimato o con ganas de figurar, se dedica a postrar al prójimo a punta de ofensas; y sorprende también que haya quien se atreva a defender el insulto, esa forma de descalificar, ofender y humillar a alguien. Es verdad que, como las llamadas “malas palabras”, el insulto es un recurso del idioma; pero mucho va de un “bobo” gritado a tiempo al motociclista que nos cierra, a espetarle “descerebrado” a aquel que opina distinto, “maricón” al homosexual, o “violador” a quien no lo es, pues esto ya no sólo es insulto sino calumnia. Olvidan los que festejan el insulto —y en un país donde se pasa fácilmente del agravio verbal a la agresión física— que este es una forma de violencia, y que de él se nutren las riñas que terminan en muerte, la violencia intrafamiliar, el matoneo y los consultorios psicológicos que atienden personas heridas para siempre por la palabra o la frase dicha por un padre, un maestro, un compañero de colegio.

Otra cosa es usar el ingenio y la ironía para dar una elegante estocada. Hay un famoso diálogo entre George Bernard Shaw y Churchill, quienes supuestamente estaban enemistados; el dramaturgo le envía al político una esquela que dice: “Te envío dos boletos para la primera noche de mi nueva obra. Lleva un amigo… si es que tienes alguno”. Y Churchill, con el humor que lo caracterizaba, le contesta: “Definitivamente no podré asistir la primera noche, pero asistiré a la segunda… si es que hay”. También es verdad que celebramos los insultos literarios —“hombre con hígado de leche” le dice un personaje a otro en Rey Lear—, pero esos no son otra cosa que malabares verbales, ingeniosos y divertidos, que pretenden efectos cómicos o dramáticos y que nos harían parecer ridículos si los usáramos en la vida cotidiana.

Lo triste del insulto imperante en las redes es que es elemental, grosero, poco imaginativo, perezoso y revelador del alma canalla de quien lo emite. Pero, sobre todo, que es la salida fácil. De lo que es incapaz el que insulta es del ejercicio apasionante de argumentar. Y es que hacerlo exige rigor, conocimiento y sobre todo temperancia, algo que no rima con cabeza caliente. Y no se crea que para argumentar se necesitan tres páginas: no es fácil, pero en los 140 caracteres de Twitter también se puede hacer. El que insulta se pierde de usar el razonamiento lógico, que aspira siempre a iluminar, a repensar lo establecido y algunas veces a incomodar a los bienpensantes. Y también se pierde del placer del diálogo.

Es claro que a argumentar se aprende en la casa y en la escuela. Por eso mismo, tal vez la razón de que la argumentación escasee tanto sea que en estas sociedades la verticalidad autoritaria es muy poco cuestionada, que se tiende al endiosamiento acrítico, que se lee muy poco y que hay una tradición de tramitar los conflictos con violencia. Por eso es importante la campaña “Bajemos el tono” emprendida por el Mintic. Una consigna, que dicha con amabilidad y no en forma autoritaria, es ante todo una invitación a conversar.

Posdata: Para México, un país tan querido, toda nuestra solidaridad.

 

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