Por: Arturo Charria

El tonto

Papá me solía decir: “Es mejor que piensen que usted es un tonto y no hablar para comprobarlo”. Esta es la situación que vive el presidente Duque cada vez que habla en público y que comprobó en el pasado taller Construyendo País realizado en Bogotá.

Afirmó el presidente que, con motivo del Bicentenario, se comprometía a sacar adelante el “Museo de Historia y Memoria Nacional” y, paso seguido, profundizó su error recordando su promesa de campaña de reglamentar la enseñanza de la historia, de la cívica y de la democracia en los colegios del país.

Es claro que el presidente no improvisó ese nombre, pues éste tiene implicaciones profundas. En un “Museo de Historia” puede caber cualquier cosa, desde los dinosaurios de Villa de Leyva hasta la extradición de Andrés Felipe Arias. Ahora bien, el presidente lo limita y afirma que será motivo de las festividades del Bicentenario, entonces no son millones de años, solo 200, como mínimo. Por tanto, el conflicto armado, sus víctimas, sus luchas y las responsabilidades de los perpetradores se perderán entre las guerras civiles y constituciones del siglo XIX, la famélica guerra que tuvimos con Perú y la Violencia de las décadas de los 40 y 50 del siglo XX.

Y, por otro lado, la categoría “Memoria Nacional” podría contener salas enteras dedicadas a la identidad de las comunidades negras, afros, raizales y palenqueras, otras tantas a las comunidades indígenas y las que queden a las dinámicas y transiciones entre el país rural y el país de las grandes ciudades.

Por supuesto que la afirmación del presidente Duque genera indignación, porque un museo centrado en estos temas anula el propósito que por ley tiene el Museo Nacional de Memoria. Sin embargo, ignora el presidente que la Ley 1448 no permite la construcción de cualquier “museo”, sino que este debe “lograr el fortalecimiento de la memoria colectiva acerca de los hechos desarrollados en la historia reciente de la violencia en Colombia”. Por tanto, “el lote hermosamente ubicado”, según sus propias palabras, el Conpes aprobado para su construcción y los recursos invertidos en los diseños del guion no pueden usarse a su antojo.

La segunda parte de su afirmación, en cambio, sí resulta más peligrosa: “Reglamentar la enseñanza de la historia, de la cívica y de la democracia en los colegios del país”. Aquí el presidente Duque se alinea con todos sus antecesores, que han hecho del currículo de Ciencias Sociales un talego de mercado en el que cabe cualquier cosa. Basta con recordar que desde 1994 (año en que se promulgó la Ley General de Educación) a la asignatura de Ciencias Sociales le han incluido 32 modificaciones entre nuevas cátedras, orientaciones, lineamientos y contenidos obligatorios.

Ahora el presidente promete nuevas asignaturas que modificarían de manera directa la ya maltrecha enseñanza de las Ciencias Sociales. A la preocupación de la reinvención de la historia que se enseña en las aulas, se suma la incapacidad de los estudiantes de comprender en qué clase están. Ante tantas asignaturas obligatorias que se enseñan en los colegios, nos daremos por bien servidos si un estudiante, al finalizar su año escolar, ha logrado al menos aprenderse el horario de clases.

Con seguridad un proyecto de ley que busque crear las clases de historia, cívica y constitución saldrá adelante, y luego en el Ministerio de Educación tendrán que ver cómo resuelven el capricho presidencial. Las consecuencias, en cambio, recaerán sobre generaciones enteras que no sabrán qué estudian de tanta cosa que ven sin un propósito claro y que, además, padecerán durante décadas dolores cervicales por tanto peso muerto que han cargado sobre sus espaldas.

El presidente debería tomar una decisión radical para estos largos años que le quedan: cambiar a sus asesores más cercanos o evitar hablar en público, de lo contrario seguirá comprobando que es un tonto.

@arturocharria

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