Por: Lorenzo Madrigal

El toquecito de izquierda

Es usual escritores y columnistas ser o parecer de izquierda. Es algo que da relevancia, fácil aceptación y permite gozar a plenitud de la libre expresión. Pero la izquierda, aunque es muy parecida a la libertad, es asimismo excluyente y dogmática. Ay de quien pise ciertas fronteras invisibles que esa tendencia consagra; es arrojado ipso facto a las tinieblas exteriores, calificado como de extrema derecha.

Buen tema para denigrar de lo establecido y darse un bañito zurdo lo ofrece la santa Iglesia romana. Encargada durante siglos de predicar la moral, el solo hecho de encontrar representantes suyos incursos en inmoralidad permite una deliciosa venganza de sus prédicas y constituye argumento de contradicción, ideal para zafarse de los lazos de castigo.

Los papas, ay, los papas, todos tienen su pierde. No se diga los cardenales. Ambiciosos los unos, encubridores de pederastia los otros; papas y cardenales envueltos en oro y rodeados de arte histórico e indestructible, como si esto fuera también un pecado. Institución poco tolerada es la Iglesia, nunca sin embargo abandonada por sus fieles. Amada al extremo por multitudes, como las que han colmado la plaza de San Pedro en los días recientes, es vilipendiada por pausados analistas, a modo de elegancia intelectual.

No pocos errores se cometen dentro de la institución eclesial, donde se manejan elementos divinos con manos humanas. Magos no son los eclesiásticos ni el milagro se da a porrillo en cada altar. La fe, que es un acto de voluntad y un gran esfuerzo, no lo sería si se dieran manifestaciones sorprendentes de lo sobrenatural. Ya no se hablaría de fe sino de evidencia. Fe es creer en lo que no vemos, definía Astete, y es cosa tremendamente difícil. Y más, tener fe por encima de los disparates humanos.

Comienza un Pontificado y ya se ve cuánto interesa a todos, incluso profanos. Y este Pontificado arranca con las luces puestas sobre sus características de entrada, como han sido la sencillez, el interés por la pobreza y una latente renovación presentida.

Pero no hay que hacerse ilusiones. El papa Francisco entra autolimitado en ciertos temas con los cuales ya tiene compromiso previo. Da la impresión de que no dará sorpresas, puesto que la opinión lo ha cercado con sus propios antecedentes, mediante profusos perfiles periodísticos, que le impedirán moverse con agilidad renovadora. Otra cosa se esperaría de la libertad franciscana, que expresan sus brazos abiertos o de la avanzada, que es propia del jesuitismo.

El presidente Santos no asistió a la misa inaugural del papa Francisco —y no es fácil explicarlo; había gente de Unasur—, pero envió a la ínclita canciller, quien se quedó estupefacta ante las columnas salomónicas de la gran basílica.

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