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hace 2 horas
Por: Julio César Londoño

El tótem dorado

AYER HABLÉ CON UNA FUNCIONARIA rica, aunque sin apellidos, sobre los resultados electorales del domingo.

Perdió la oligarquía, me dijo, y no pude ignorar la habilidad de la frase, la manera como cierto partido legitima su existencia y sus triunfos. En esencia, el argumento es este: no podemos ser tan malos puesto que no somos oligarcas, al menos no oligarcas de apellidos. Les ganamos a los niños bien, a los hijos de los que han manejado el país con sus pedicureados pies durante dos siglos. Quizá tenga razón, me digo, pero hay cosas que no encajan. El PIN es un movimiento plebeyo, sin duda, pero su causa no es la del pueblo. No puede serlo cuando su eslogan es “El partido del Presidente”, es decir, de un señor que trabaja en jornada continua para el gran capital.

“No se devane los sesos, don Julio, me dice un vecino del barrio. Oligarquía es un vocablo trasnochado. Los oligarcas pasan. El capital queda”. Su razonamiento me confunde pero me repongo rápidamente y le recuerdo que los politólogos definen la democracia moderna como una oligarquía electiva. “Están equivocados —dice—: la democracia es una plutocracia electiva. Al capital no le importan los apellidos ni las genealogías. El capital no es romántico ni heráldico ni gonadón. Es frío y cerebral. El capital es serio. Lo único serio desde que el mundo es mundo. Desde Baal y el becerro de oro. Es el mito de los mitos. El único que ha sobrevivido al tiempo y al final de la historia. El oro es el tótem sagrado”.

A propósito: ¿por qué el Presidente, tan preocupado por minucias como la del whisky del Registrador, nunca desmintió el eslogan del PIN? Elemental: porque nadie en sus cabales puede despreciar a un “gran elector”. Está bien, pero ¿por qué al menos no lo repudió de dientes para afuera? Porque el capital es una sustancia sensible y volátil. Una descalificación del Presidente puede alterar los nervios del sistema. El mercado, quién lo creyera, es altamente susceptible a las palabras, esas formas del viento. Fue por eso. No fue por cinismo. El Presidente es un místico; equivocado, elemental y lo que se quiera pero místico, no cínico. Está de verdad convencido de que él es el camino, la verdad y la vida. ¡Lo que no puedo entender es que millones de colombianos se crean semejante fábula!

“No llore, don Julio —me dice él—, recuerde que la democracia es un sistema representativo, y quién más representativo de nuestra sociedad que el Gordo García, o en su defecto la hermana, Teresita; el amigo de Don Mario, Guillermo Valencia Cossio, o en su defecto el ministro del Interior; Habib Merheg o en su defecto Sammy, el hermano… en fin, la cosa nostra, lo que Semana llamó ‘El Tarjetón de La Picota’. Estas personas, acéptelo don Julio, son asaz representativas de la sociedad colombiana. ¡Además los plebeyos también tienen derecho a robar!”.

Su lógica es exasperante, provoca falsopositivizarlo pero respiro y me pregunto cómo pudo el pueblo, la voz de Dios, reelegir a la U. ¿Será que es infinitamente misericordioso, como Dios?

Puede ser. Por esto mismo cabe esperar un milagro en las elecciones presidenciales. O varios. A saber: 1, que Noemí gane la consulta. 2, que el PIN se jarte de ser la tiniebla y abandone la coalición gobiernista, y 3, que los Liberales, los Verdes y el Polo (que juntos sacaron 30 senadores) se unan y presenten un candidato de coalición.

P.D.: Jorge Robledo: 153.000 votos limpios. Gilma Jiménez: 188.000 votos limpios. Partido Verde: cinco senadores impolutos y capaces. No todo está perdido. No todo está sujeto al pavor del olvido ni a los cálculos del capital. Seguimos en la brega, señores de la noche.

 

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