Por: Pascual Gaviria
Rabo de ají

El traje nuevo del emprendedor

Leer promesas de candidatos requiere una vacuna previa contra las enfermedades gramaticales y los delirios de optimismo. Y preparación mental contra la condescendencia y el lugar común, y buenas defensas para soportar la redundancia. Asumí la ingrata tarea de leer el programa de gobierno del único candidato a la Alcaldía de Medellín al que conocen más del 50 % de los ciudadanos según la última encuesta de Datexco. El candidato es un antiguo vendedor de pilas que llegó a la política invitado por el expresidente Uribe al puesto 13 de una lista cerrada al Senado. Malos augurios. En su curul solo tuvo una sonada intervención, corta pero elocuente: un hijueputazo dedicado a una contradictora. Pero su programa de gobierno, cuadernillo lo llamaré en adelante, habla de su participación en grandes debates y “control político respetuoso y propositivo”.

Su primer lugar en las encuestas obedece a la triste nemotecnia electoral, al nombre y los posibles votos heredados de su padre, presunto beneficiario de algunos votos y favores de paramilitares. Pero esa es otra historia. Concentrémonos en el cuadernillo de 125 páginas. Lo primero es que tiene mucho de propuesta de “emprendimiento”, una de las palabras que suena como una campanilla en cada párrafo. La inexperiencia de los que lo intentan por primera vez, los llamados grandilocuentes a referentes internacionales, el desconocimiento del día a día más allá del boceto optimista y la creencia según la cual decir tres veces lo mismo es decir más. También tiene el vocabulario aprendido y vacío de quienes han ido a cuatro conferencias de gurús internacionales en un año: gobernanza, innovación, ecosistema y resiliencia.

Lo primero que llama la atención es su delirio por convertir a la administración pública en socia minoritaria de los empresarios. Cuando usa la palabra progreso habla de “una administración pública al servicio del empresariado, a la consecución de inversión y turismo para la ciudad, y a la formalización de quienes no tributan”. De ahí se viene la cascada de propuestas de alianzas público-privadas para cárceles, ampliar el Atanasio, museos, renovación urbana e infraestructura vial. Por último llama a EPM a seguir el ejemplo del GEA y convoca al comité intergremial para nombrar el gerente de la empresa de servicios públicos. Todo sin mencionar a Hidroituango. Me hizo recordar algunos contratos de Tronex, la empresa donde vendía pilas, con el departamento cuando su papá era gobernador.

En los temas de seguridad invoca las cámaras, exitosas en Jerusalén, con censores de reconocimiento facial y ubicación de armas, explosivos y drogas en vehículos. Eso sí, combinadas con las luces LED azules de Tokio y sus efectos tranquilizantes. También clama por mejor espionaje y pone a Laureles y El Poblado de referentes para las demás comunas. Me imagino que piensa en una APP con empresas de seguridad. En educación no habla de la deserción creciente a los 15 años, sino de la programación de códigos fuente en noveno y décimo grado. Y cuando los profesores de colegios públicos ganan casi igual que los vigilantes, busca convertir a Medellín en el Boston de Suramérica.

Menciona tres veces la palabra equidad y confunde “movilidad social” con “movilización social”. Y como no se traga a esa gente que todo lo quiere gratis, pide que haya trabajo limpiando parques o calles para quienes obtienen subsidios. Pero es humano y por eso cuando habla de la necesidad de una sociedad feliz termina apelando a la disciplina, el ahorro, la excelencia, la puntualidad, las metas ambiciosas y el respeto a las normas establecidas, en una mezcla de curso por comparendo y autoayuda.

No puede ser que le entreguemos el emprendimiento de La Alpujarra a un heredero que, como lo demuestra su cuadernillo, no tiene una sola idea sobre la ciudad.

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