Por: Juan Gabriel Vásquez

El tren de la antipolítica

EN SU ÚLTIMA COLUMNA HABLAba Antonio Caballero de Mockus, de su candidatura a la Alcaldía de Bogotá y las razones de su popularidad, y se preguntaba por qué la gente votaba por él y se contestaba diciendo: "Por desesperación. Porque se presenta bajo la pretensión de ser distinto de los demás políticos".

En otras palabras: la gente vota por el antipolítico. Basta echar una mirada a lo que pasa allá, en el mundo de la política —que a veces, pero desde luego no siempre, tiene alguna relación con el mundo real—, para darse cuenta de que es cierto lo que dice Caballero, pero yo me pregunto cuántos de los votantes de Mockus, así lo sean sólo en intención, se dan cuenta de todo lo que entraña el tren de la antipolítica, de lo extraño que es el concepto y de lo mal que habla de estas pobres sociedades nuestras.

El tren de la antipolítica, digámoslo de una vez, es un raro aparato que admite a todo el mundo: no hay que ser de izquierda ni de derecha para tener acceso. En él vinieron montados, sin ir más lejos, Chávez y Uribe. Al presidente venezolano lo sigue legitimando todo lo que no es: llegó al poder montado en la antipolítica, trayendo como prueba en su favor no lo que él podía hacer, sino lo que habían hecho los otros, la corrupta clase dirigente venezolana que expolió durante décadas al país y se lo sirvió en bandeja al populismo bolivariano. En el caso del expresidente colombiano, uno no tiene más que recordar el lema que le entregó aquellas elecciones de cuyo nombre no quiero acordarme: “Contra la corrupción y la politiquería”. Ésa era la máscara en el disfraz de antipolítico. Y claro, recordar ahora las palabras daría risa si no fuera tan grave y tan peligrosa la forma en que los ocho años de uribismo han sido justamente lo contrario: el más corrupto y politiquero de los gobiernos recientes, el gobierno de las notarías a cambio de votos, de las embajadas a cambio de favores, del espionaje a jueces y periodistas, de Agro Ingreso Seguro, de los funcionarios escapados a Panamá. El gobierno viejo cuyos escándalos forman un porcentaje nada despreciable de la agenda del gobierno nuevo.

Pienso en todo esto ahora que llego a España y sigue en el aire el fantasma de los Indignados, ese movimiento espontáneo que logró en unas semanas de acampada la simpatía de buena parte del mundo y la preocupación (a veces genuina, a veces oportunista) de la clase política. La curiosa paradoja de los Indignados es que su razón y su fuerza provenían de la ausencia de mensaje político: se les respetaba y todavía se les respeta por haber puesto en escena la idea de que los males del sistema están por encima de los partidos, o que las lealtades partidistas no podían ser obstáculo para llevar al banquillo a la clase dirigente. Su indignación era, por decirlo de algún modo, desinteresada. De ahí la simpatía que (nos) inspiraron, pero de ahí también los problemas. Decía recientemente el escritor argentino Patricio Pron: “El rechazo a lo establecido en plazas y calles cuenta con mi solidaridad, pero ¿por qué otra cosa lo reemplazamos? No es menos política lo que necesitamos —porque el punto cero de la política es una dictadura—; lo que necesitamos es más y mejor política”.

Y eso también es cierto, claro. Pero a ver quién se lo explica a los votantes.

 

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