Por: Cristina de la Torre

El trío dinámico

LA RECONCILIACIÓN DE LOS PRESIdentes Uribe y Chávez sobrevivirá a la desconfianza que recaerá sobre Colombia por saltarse el derecho internacional y el Código Penal con el uso del emblema de la Cruz Roja en la ‘Operación Jaque’. Si opuestos en ideas y en los bandos del conflicto, lazos más potentes los unen en el estilo de gobernar.

Con Fujimori, los mandatarios de Colombia y Venezuela configuran el trío dinámico del nuevo populismo andino. Una abundante dosis de megalomanía, hinchada por la popularidad, los eleva a redentores de los desvalidos, prestos a sacrificarlo todo por la patria. Incluso la democracia, que desfallece acorralada por una legitimidad plebiscitaria tan antigua como la embotadora incandescencia del  trópico. Transformada la política en reality de televisión para la masa amorfa, nada parece hermanar tanto a estos caudillos como su talento para el melodrama mediático, de rojo Chávez en  Aló Presidente, de ruana Uribe en sus consejos comunales.

Fujimori y Chávez triunfaron por las urnas y, no bien posesionados del cargo, derivaron en autócratas. El peruano, para montar el neoliberalismo; el venezolano, diez años después, para desmontarlo. Trepados sobre el descontento popular, concentraron todo el poder en la persona del gobernante, avasallando el sistema de división de poderes públicos propio de la democracia.

Como lo señala el analista peruano Martín Tanaka, al calor del caudillismo socavaron la competencia política e instalaron populismos autoritarios, si bien de signo político contrario. Movilizaron a los excluidos. Y feriaron como cosa propia los recursos públicos entre la pobrecía, ya en consejos comunales el Chinito, ya en “misiones” el bolivariano. Pero ambos gracias a la centralización del gasto social en la oficina del Presidente.

Chávez debutó con referendo para convocar una Constituyente que envolvió un régimen autoritario en gasas de “democracia directa”: disolvió el Congreso y las asambleas legislativas. Destituyó gobernadores. Clausuró el Consejo del Poder Judicial y la Corte Suprema de Justicia. Él “encarnaba” la voluntad popular. Luego, hincó sus garras sobre la renacida Corte Suprema, censuró la prensa, hizo aprobar una ley de reelección indefinida, y acreció la dilapidación populista de la renta petrolera.

Fujimori redujo, de entrada, la hiperinflación que agobiaba al país y derrotó a la guerrilla de Sendero Luminoso. Entonces se propuso monopolizar todo el poder, indefinidamente. Dio autogolpe, y clausuró el Congreso y los órganos supremos del Poder Judicial. Triunfó sobre los partidos y las instituciones democráticas, gracias al respaldo de las Fuerzas Armadas, de los grandes empresarios y del pueblo. También él convocó Constituyente mediante referendo, para concentrar el poder en el Ejecutivo y dar vía libre a la reelección del Presidente.

Si bien Uribe comparte con sus homólogos el talante y ejecutorias varias, hay diferencias. Primero, aquí la polarización disolvió el centro y convirtió en país de derecha al que era mayoritariamente liberal. El Gobierno, con ayuda de las Farc, terminó por imponer la definición de opciones políticas según parámetros de guerra: se es uribista o antiuribista. Segundo, no se han clausurado el Congreso ni las Cortes.

Pero el nuestro es un Legislativo subordinado al Presidente. Y si la Corte sucumbe a la persecución del mismo, terminará por supeditar las decisiones judiciales  al interés político del Príncipe. Tercero, pocos gobiernos han desconceptuado como éste a la oposición, y tolerado tanto las malas compañías en el poder.

Justificada la arbitrariedad por sus éxitos contra la guerrilla, Uribe emula el modelo de los vecinos. La diferencia parece ser de grado, no de naturaleza. Dios, que tan de moda está, nos libre de ese mal.

 

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