Por: Ernesto Yamhure

El triste ejemplo de la UP

“EL EPISODIO MÁS DOLOROSO DE nuestra historia política reciente es, sin duda alguna, la desaparición de los militantes de la UP”. Con esa frase de cajón, lastimera y manipuladora, se ha querido impedir el análisis de lo que les sucedió a los miembros de ese partido político.

Por estos días terminé de leer el libro de Steven Dudley sobre el caso de la Unión Patriótica. Independientemente del ostensible sesgo ideológico del autor, la obra pone de manifiesto que la causa fundamental que condujo a la desaparición de esa colectividad está relacionada con la combinación de todas las formas de lucha. Cuando Jacobo Arenas, Alfonso Cano y el partido comunista colombiano presentaron a la UP, dijeron que era una alternativa política que trazaría el sendero para hacer el tránsito de la violencia a la lucha democrática. Colombia les creyó, pero al poco tiempo se supo que todo eso era una farsa; la Unión Patriótica fue concebida como un arma más de las Farc para la toma del poder por la vía armada.

Llama la atención la actitud cobarde de Jacobo Arenas, quien no tuvo el coraje de abandonar su madriguera en el páramo de Sumapaz para dirigir de cara al país su experimento político. Prefirió poner a unos comunistas trasnochados al frente de la colectividad, mientras, plácidamente, veía cómo iban cayendo asesinados. Entre brandy y brandy, Arenas se llenaba de argumentos que justificarían las ulteriores acciones terroristas de su organización.

Jaime Pardo Leal y Bernardo Jaramillo fueron víctimas de la jugada perversa de las Farc. Ellos, que al comienzo de sus carreras de fieles comunistas alienados creían y patrocinaban la combinación de todas las formas de lucha y que veían en la guerrilla la solución definitiva de los problemas nacionales, con el paso del tiempo la realidad los condujo a modificar su discurso y, paradójicamente, cayeron baleados cuando comenzaron a dudar de la pertinencia de propugnar las acciones armadas ilegales. Se nos ha dicho que esos asesinatos fueron cometidos por lo que los comunistas llaman la “mano negra de la oligarquía colombiana” y han responsabilizado a diferentes sectores del Estado de ser los autores de esas muertes. Yo tengo algunas dudas respecto de ello y, después de leer el libro de Dudley, sospecho que en efecto hubo una mano negra en esos homicidios: la de las Farc.

Cuando el politburó soviético decidió expulsar a Trotsky de la URSS, éste logró huir a Méjico, país hasta el que llegó el aparato criminal de Stalin, quien ordenó su muerte física y documental pues de manera insólita decidió que la figura del inquebrantable seguidor de Lenin fuera eliminada de los libros, documentos y fotografías oficiales. Algo parecido le ocurrió a Bernardo Jaramillo. Al poco tiempo de hacer pública su animadversión por la combinación de todas las formas de lucha, la ira santa de las Farc se hizo sentir. Cayó asesinado como un perro y desde entonces esa guerrilla no menciona su nombre ni por equivocación. Como a Trotsky, lo borraron de la tierra y de su propia historia.

Ese no fue el caso de Manuel Cepeda, quien hasta el último momento defendió, acreditó y motivó la barbarie guerrillera. Su muerte no puede ser justificada y menos la impunidad en la que ha quedado. No obstante, es significativa la decisión de las Farc de preservar, a su manera, la memoria del “camarada” bautizando con el nombre de “Manuel Cepeda Vargas” a uno de sus frentes más salvajes y asesinos.

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Hace unos meses escribí una columna en la que cuestionaba el proceso que se venía adelantando contra el ex director del IDU, Andrés Camargo. La justicia se ha pronunciado y, hoy por hoy, se ha confirmado la honestidad de este ex funcionario, cuyo único pecado fue haber desempeñado su cargo con transparencia y eficacia.

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