Por: Ricardo Arias Trujillo

El triste legado de la Conferencia Episcopal Colombiana

EL CLERO ANDA CELEBRANDO EL centenario de la Conferencia Episcopal Colombiana, un organismo creado en 1908 para permitirle a los obispos del país actuar de una manera más concertada y fijar oficialmente las posiciones de la Iglesia Católica frente a todo tipo de asuntos.

Desde ese entonces, la enorme influencia de la CEC se ha hecho sentir no sólo en el campo propiamente católico, sino en la sociedad y el Estado colombianos. ¿Cuáles han sido los rasgos característicos de las jerarquías del catolicismo? ¿Qué papel ha asumido el episcopado en torno a los grandes debates de la sociedad colombiana?

Más allá de las posiciones que algunos obispos han adoptado a título individual en uno u otro momento, la CEC, como colectivo, como voz oficial del clero, ha sido históricamente una institución profundamente reaccionaria, intolerante, sectaria y, hasta hace muy poco, hostil a las principales reivindicaciones de amplios sectores de la sociedad. En su afán por imponer un “orden cristiano”, el clero estrechó sus vínculos con el Partido Conservador y, entre los dos, lanzaron todo tipo de cruzadas durante buena parte del siglo XX para condenar los innumerables “males” que aquejaban al país. Recurriendo a una retórica incendiaria que ha tenido consecuencias funestas, hizo hasta lo indecible para deslegitimar todo aquello que veía como una amenaza.

Así, en el plano confesional, las minorías religiosas fueron presentadas como un peligro para la sociedad. En términos políticos, el ideario liberal que hablaba de los derechos del individuo (educativos, políticos, religiosos, etc.) le parecía una monstruosidad, al igual que las reivindicaciones sociales abanderadas por la izquierda. En ese mundo “cristiano” que la Iglesia defendía con tanto ahínco, la pobreza era todavía presentada, a mediados del siglo XX, como parte de la voluntad divina.

Tan reaccionario ha sido el episcopado colombiano, que no dudó en ignorar las orientaciones de dos grandes hitos del catolicismo en el siglo XX: el Concilio Vaticano II (1962-65), bajo el liderazgo del papado, quiso acercar la Iglesia al mundo moderno; en 1968, los obispos latinoamericanos, reunidos en Medellín, decidieron adoptar una actitud más comprometida con la suerte de los millones de pobres del continente. Pues bien, en ambas ocasiones, los jerarcas del país se opusieron, durante un buen tiempo, a los trascendentales cambios que estaba conociendo el catolicismo y se apresuraron a acallar las voces de quienes, dentro del “clero bajo”, se mostraron a favor de los vientos renovadores.

Si en el plano socio-político, el discurso y la actitud del clero han cambiado en los últimos años, los debates morales siguen siendo objeto de una mirada intransigente por parte de la CEC. La unión libre, el divorcio, la homosexualidad, la contracepción, el aborto, así como muchos otros debates relacionados con los problemas éticos propios al mundo moderno, son tajantemente rechazados por el clero, en lo que constituye, a estas alturas, una visión no sólo anacrónica, sino en contravía del espíritu de la Constitución del 91.

El legado de la CEC, marcado durante tantas décadas por la intolerancia de sus obispos, no resulta, por consiguiente, muy enaltecedor para la Iglesia Católica. La defensa de sus “derechos históricos”, como pomposamente llaman los jerarcas a los privilegios de toda índole que le fueron concedidos a finales del siglo XIX; el carácter excluyente que asumió frente a la diversidad política, social, religiosa, etc.; su alianza tradicional con los sectores más influyentes de la sociedad, todo ello refleja una falta de compromiso histórico con los valores de una democracia pluralista y de la justicia social.

* Profesor del Departamento de Historia de la Universidad de los Andes.

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