Pazaporte

El triunfo de la empatía

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Las historias de reconciliación pueden leerse con escepticismo o como victorias de la empatía. Por convicción, y para garantizar la supervivencia de la esperanza, sugiero lo segundo.

Hoy traigo a Pazaporte dos casos de construcción de confianza, liderados por una mujer a quien la bomba de El Nogal le rompió el cuerpo y lo que vino después le fortaleció el alma. Nueve años de rehabilitación, dolor y entereza la llevaron a consagrar su vida a tejer puentes de perdón individual y reconciliación colectiva, entre quienes fueran acérrimos enemigos.

De eso también está hecha la paz: de buscar la verdad, mirar para adentro, reconocer el mal causado y recibido, y comprometernos a transformar la oquedad en compasión.

El viernes pasado, Patricia Lara escribió una bellísima columna en la que contaba cómo un ejemplar acto de reconciliación había sido posible gracias al Acuerdo de Paz y a Bertha Lucía Fries. Hoy traigo otras dos historias de caminos para no volver a la violencia.

Hace año y medio, Bertha logró que varios grupos matriculados con la guerra (por inducción, decisión o genética) desarmaran los espíritus. Mutatá, región dominada por los paramilitares en el Urabá antioqueño, fue el escenario de esta reconciliación entre excombatientes de las Farc, ex-Auc, exintegrantes del clan los Pitufos, y una población históricamente vulnerada por la guerra. Fueron meses de trabajo, diálogos, espacios transformadores llenos de verdades y el repaso de tragedias que nunca debieron ser; y luego, perdón y reconciliación. El último día, excombatientes de las Farc que siguen fieles al Acuerdo firmado en el Teatro Colón fueron los anfitriones en su ETCR: serenata de bienvenida, teatro, bailes y ollas enormes llenas de un sancocho preparado al fuego lento de la poderosa y frágil luz de la paz. Agresores, víctimas y enemigos se despojaron de sus inri. “Todos nos abrazamos en un círculo, en un abrazo infinito”, me dice Bertha Lucía.

En marzo de este año, Bertha fue artífice de otro milagro: mujeres de Montes de María, víctimas de violencia sexual, iban a encontrarse con sus victimarios, exmilitantes de las Autodefensas. Pero llegó entonces el otro enemigo, el diminuto, el que no vino armado con motosierras y nos tiene guardados en casas, huecos, mansiones o inquilinatos; apartaos los unos de los otros, nos dijeron; los abrazos quedan prohibidos y los columpios quietos. La pandemia decreta que el mundo queda suspendido.

El confinamiento amenazaba con hacer inviables los encuentros previstos. Las mujeres seguirían cargando su herida-recuerdo, el miedo y el grito de silencio; y los exparas andarían por ahí, con su remordimiento anclado a la memoria.

Pero ellas -con mínima tecnología y mucha pobreza en su contra- sacaron diariamente, de donde no tenían, $3.000 para comprar datos y conectarse. Una sola comida al día, no había para más. Pero de nada serviría mirar al futuro con ojos derrotados, y la necesidad de perdonar y ser perdonados era más fuerte que todo. Luego de intensas sesiones entre la distancia geográfica y la cercanía de voluntades, se dieron los encuentros transformadores virtuales; y en un acto intangible, valiente y humilde, quedó sellada la reconciliación.

A pesar de los ataques inconcebibles y perversos que ha recibido el Acuerdo de Paz, aquí y ahora, ¡lo pactado nos sigue dando tantas posibilidades! Es nuestra decisión darnos por vencidos y cavar más dolor y más abismos, o abrir ventanas y tender puentes, ya, mientras estamos vivos.

ariasgloria@hotmail.com

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