Por: Juan Carlos Botero

El triunfo de la satanización

La estrategia electoral de Álvaro Uribe y Óscar Iván Zuluaga se resume en una palabra: satanizar

Es decir: mentir, exagerar, falsear y distorsionar los hechos para que, tarde o temprano, los electores crean que la realidad es lo contrario de lo que es, y para que el público, además, le tenga pavor a esa misma realidad.

Uribe y Zuluaga no son los únicos en acudir a esa estrategia. En EE.UU. hay un grupo de presión famoso por su astuto manejo de esa táctica: la NRA. En ese país cada día mueren 280 personas debido al uso de armas violentas. Sin embargo, la NRA ha logrado algo que parecía imposible: hacer que los malos parezcan buenos, y convertir a las víctimas y a la gente que desea poner límites elementales y sensatos a la venta y al uso de las armas, en los malos del debate, distorsionando los hechos para que esas personas sean vistas como traidoras a la patria, enemigas de la Constitución que buscan acabar con las tradiciones americanas. O sea: las víctimas de las armas son peligrosas, mientras que los dueños de las mismas, los fabricantes y los lunáticos que se quieren armar hasta los dientes, son apenas los mártires de una causa admirable. Es el mundo al revés, y ese es el mayor trofeo de la satanización.

En Colombia, Uribe y Zuluaga son maestros de esa táctica. Y han sido tan exitosos en invertir la realidad que también han logrado lo imposible. Los dos encarnan la extrema derecha, y ésta es tan extrema y es tan de derecha que para ellos Juan Manuel Santos es socialista, y han convencido al país de que el presidente nos está empujando hacia el abismo del chavismo. Cualquier ser pensante sabe que eso es ridículo. Pero la satanización busca, ante todo, convencer a la gente de lo absurdo.

Sin duda, el tema en el que Uribe y Zuluaga más han invertido la realidad, tergiversando los hechos para que la gente crea lo contrario, es el de la paz. En su afán de desprestigiar el proceso que se adelanta en Cuba, han logrado que muchos piensen que la paz con las Farc será sinónimo de impunidad. Que la guerrilla está manejando el país desde La Habana. Y que si estuvieran en el poder, ellos impondrían valientes ultimátums. Ese es el secreto de la satanización: invertir los conceptos. En confundir, por ejemplo, la prudencia con la indecisión; la seriedad con la debilidad; la cautela con la timidez; y la pacificación con la injusticia. La política exterior no se puede manejar con bravuconadas, y la negociación con una fuerza insurgente que lleva 50 años matando gente inocente no se puede sazonar con golpes de pecho tipo gorila. Los diálogos en La Habana son un proceso delicado, complejo, que tendrá costos que nos dolerá tragar, pero éstos serán inferiores a los de mantener esta obsoleta guerra viva, como una máquina colosal que sólo produce viudas y huérfanos.

Ya sabemos que la pareja que hacen Uribe y Zuluaga es una farsa, que eso no es un dúo sino un solo, y que, en su caso, la gente estará votando por una persona pero en realidad eligiendo a otra. Aun así, lo peor ha sido su tenebrosa campaña de satanización: envenenando los temas y tergiversando los hechos para que el público, asustado, se lance nadando a la orilla opuesta. Y allí ellos esperan, con abrazos y palabras reconfortantes, mientras la verdad queda atrás, pisoteada en el fango.

 

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