El tropel de todos los colores

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En uno de los primeros días del actual paro nacional, algunos arrebatados rasgaron y quemaron las polisombras que cubrían el Palacio Liévano, sede de la Alcaldía bogotana en la Plaza de Bolívar. La administración las había colgado en previsión de desmanes.

Eran altas, negras, semejaban alas de ave prehistórica. Daban miedo. Todo había marchado en orden durante la marcha. Al final de la tarde, no se sabe cómo, un grupo no soportó la amenaza visual y las cámaras de televisión se solazaron difundiendo la rasgadura y la hoguera que inflamó el edificio en las retinas noveleras de miles. A continuación fueron los gases.

Días más tarde, durante otra de las marchas cotidianas por la carrera Séptima, la larga fachada de la Universidad Javeriana apareció fortificada con decenas de globos inflables —bombas, dirían los niños—, de esas que adornan cumpleaños y fiestas con torta y piñata.

Eran blancas, blanquísimas, cubrían paredes, rejas, escaleras, césped. Algunos marchantes supusieron que en cualquier momento los vándalos las harían estallar con alfileres o pellizcos y que de inmediato las tropas negras acudirían a sofocar el atentado y a gasear el aire de los pulmones.

Las bombas se mecían al viento y siguieron meciéndose por toda la eternidad. Ni siquiera fueron marcadas con grafitis ni escrituras jeroglíficas y firmas igualmente jeroglíficas. La fachada se libró de truenos, rayones y consignas. El color blanco del centro de estudios había derrotado al negro del centro gubernativo distrital.

El 21N, primera jornada de protesta, desde la avenida Chile hacia el sur avanzaba hacia el mediodía una compacta tropa de meditadores. Avanzaba es un decir, porque estos practicantes de yoga se sustrajeron del frenesí usual entre universitarios y demás protestantes. Acariciaban el asfalto con un pie hacia adelante, pidiéndole permiso al otro para afirmar cada paso.

Cuando la fatiga los amedrentaba, se sentaban en posición de loto paralizando el ímpetu circundante. Vestían por entero de blanco, como penitentes en un silencio también blanco. Los curiosos, que aceleraban sobre los andenes, bajaban la voz sin que nadie los hubiera sermoneado. Por unos minutos se percibían inmersos en una burbuja antiacústica que por parejo los admiraba y desafiaba. Otra alquimia del blanco.

Tres años atrás la escultora Doris Salcedo convirtió la Plaza de Bolívar en un mar de nieve. Extendió sobre el piso muchas telas blancas con los nombres de las víctimas del conflicto armado. En una entrevista con Cecilia Orozco para El Espectador, descifró: “Lo importante es generar imágenes capaces de oponerse a la hegemonía simbólica que la guerra y la violencia nos han impuesto hace tantos años”.

El color blanco en oposición al rojo sangre y a la noche oscura. Una gota de silencio que limpia la laguna de las discordancias. Un globo infantil en medio de “esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño”, tal como prefiguró la muerte el divino emperador Adriano.

arturoguerreror@gmail.com

 

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