Conversatorio de Colombia 2020

hace 3 horas
Por: Diana Castro Benetti

El último respiro

Inoportuna y puntual, la muerte tiene sus recovecos. No hay rincón, esquina o familia en la que no tenga un asiento y en el que, con relajada paciencia, aposente sus caprichos y veleidades, para vernos esquivarla con maromas poco exitosas. Democrática hasta los tuétanos, sabemos que llega. Tarde o temprano. Incluso, se anuncia con antelación y los más atentos logran abrirle la puerta y conversar, sin prisa, de sus cuitas más íntimas antes de aceptar su fatídica invitación.

En el tarot, la muerte ha cambiado. Antes, era un esqueleto sencillo con una guadaña en una de sus manos; ahora, más actual y sofisticada, anda sobre un caballo blanco y cubierta de pies a cabeza con una armadura y un estandarte negro y blanco. Imponente y segura, sabe que es el centro de todas la miradas. Con o sin calavera, cabalga cerca. Y sus fiestas son un poco menos que bienvenidas, porque casi siempre lleva agarrada la guadaña para no dejar de recoger los frutos de cualquier vida repleta de puntos de vista, decisiones, miradas que se cruzan y amores imposibles. Como encarnación de la paciencia no se escandaliza porque le huyan o la espanten con inútiles rezos y, aunque quisiera ser invisible, sabe que su mayor tristeza es acudir cuando la llaman quienes se creen dueños de las vidas de los otros. La muerte está condenada a existir, andar, deambular, circular y a no saber de tiempos y distancias.

Pero, parece que la muerte no es el final. Por lo menos, en el camino de estos lugares mágicos que son las cartas mayores, le gusta instalarse en el umbral del medio: el número XIII. Un arcano con un sol naciente y de color tan rojo que insinúa que no todo termina ahí, que falta mucho por andar. También se sabe muy poco de lo que sucede después de que se lleva el último respiro, pero lo que sí se sabe, es que ataca el estómago, atora la garganta y enfurece los ánimos cuando hay que dar un adiós que parece definitivo o cuando hay que echar todo bajo tierra para no volver atrás. La muerte, esa que se instalará en el cuerpo, es la más contundente de las consejeras. Obliga a los reencuentros, a las reflexiones, a las rabias, a los cierres, a las contriciones, a la realidad y a los besos. Es la aceptación y la entrega total a lo desconocido.

otro.itinerario@gmail.com

 

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