El último romántico

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Un día me escribió un señor que colecciona artículos. Me contó que los selecciona, los recorta y los pega en páginas en blanco con la fecha de su publicación escrita a mano. Así es como hace sus propios libros de artículos que le gustan. Los mensajes que me envía desde Bucaramanga están redactados con letras grandes. Tiene 85 años. Sus ojos cansados ya no le permiten apreciar letras muy pequeñas, ni dedicarle todas las horas que quisiera a la lectura de libros. Pero la costumbre de leer el periódico es un placer que sigue disfrutando. Don Fernando dice que prefiere mantener los artilugios tecnológicos a cierta distancia. Escribir cartas a familiares y amigos –siempre con tinta verde– es otra de sus aficiones. Su primer mensaje llegó como uno de esos besos inesperados de la nostalgia: recordé que mi abuelo también apreciaba esa práctica. Coleccionaba recortes de periódicos que me mostraba como si fueran papiros sagrados, amarillentos y perfumados por el paso inapelable del tiempo.

Cuando don Fernando se refiere a los privilegios que la modernidad nos quita, no lo hace con la afectación de un melancólico que prefiere que nada cambie. Habla de preservar algunas costumbres, de los folios en blanco que llena despacio y con buena letra, del periódico con el que mantiene, desde hace años, una relación casi sentimental. A veces recupera pasajes de tiempos lejanos y me cuenta anécdotas del restaurante que regentaban él y su señora en Bogotá: “Fíjese que don Guillermo Cano y su adorable esposa eran muy buenos clientes míos”. Me dice que guarda maravillosas historias de esa vieja Bogotá que tanto quiere, la ciudad que lo eligió cuando era un joven madrileño que creía estar de paso en Colombia. Entonces se cruzó una rubia en su camino y escuchó la advertencia de una voz interior que le dijo: “Mono: esa es”.

Don Fernando suele felicitarme cuando llegan las fiestas de Navidad. “Con el cariño de siempre y los mejores deseos de alguien que no la conoce pero que la aprecia”. Contrario a lo que uno podría esperar de un octogenario, asegura que el año que está por empezar será mucho mejor que el que termina. He estado pensando en don Fernando. Si deja de publicarse la versión impresa de este periódico, que es “su periódico”, ¿quién se lo va a contar? ¿Cuál será su primera reacción? ¿Qué pasará con sus libros de artículos que le gustan?

Cada uno de los libros que don Fernando hace a mano tiene 50 páginas. Según sus cuentas, hasta el otoño de 2018 había completado 56 libros. Imagino cada paso del ritual. Encontrar la postura que mejor acomode su espalda. Sus dedos respondiendo al tacto suave de las páginas. Las hojas que al pasar suenan como si rasgaran la veladura del aire. “Me encanta leer prensa, y sobre todo tocar el papel”. Pienso en ese detalle que don Fernando destaca en los mensajes que me envía, en la espera diaria que durante años ha obtenido su discreta recompensa: tocar el papel.

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