Por: Julio César Londoño

El universo en un paralelepípedo

LA MÁS DESCABELLADA OBSESIÓN humana es la pretensión de meter todo el universo en un libro. Es la pulsión enciclopédica, el prurito de registrar con minucia todo el mundo real, los pájaros, las nubes, las flores, las barajas, los metales, los juegos, los reyes, las leyes, la historia… e incluso los mundos imaginarios de la mitología y la literatura.

Una de las primeras grandes síntesis son los libros de Aristóteles sobre la naturaleza, las estrellas, la política, la filosofía, la ética, etc. Sus observaciones “científicas” no valen un peso porque los griegos desdeñaban la experimentación (para ellos el conocimiento era un asunto puramente mental, teórico o especulativo, por eso descollaron en filosofía y en matemáticas). Los trabajos de Aristóteles sobre lógica y arte, en cambio, conservan cierta vigencia.


En latín, la obra clave es Etymologiae del obispo San Isidoro de Sevilla, siglo VII, patrono de las enciclopedias y de Internet (¡la religión ya no respeta nada!). Además de las materias de rigor del trivium y el cuadrivium, las Etimologías se ocupan “Del hombre y los monstruos”, “De la guerra y los juegos”, “De las naves y los edificios”, “De las provisiones, los instrumentos y los vestidos”, “De la Iglesia y las sectas”. San Isidoro es el puente que liga el conocimiento antiguo al medieval, y el compilador para Occidente de todo el legado clásico.


El libro de las mejores tradiciones, enciclopedia islámica del siglo XI, está dividida en once secciones: poder, guerra, nobleza, carácter, enseñanza, elocuencia, ascetismo, amistad, oraciones, alimentos y mujeres (también son del Islam dos obras muy apreciadas por los escolásticos cristianos: Los átomos preciosos, de Averroes,  y El canon de medicina, de Avicena).


El siglo XVIII marca el apogeo de las enciclopedias. Es un momento de fractura en Europa: la educación se extiende y seculariza, la curva de la población se empina, florecen las urbanizaciones y la burguesía. Todo está servido para que un grupo de conspiradores franceses se organice en torno a un proyecto editorial, Enciclopedia razonada de ciencias y artes, que será el sustrato teórico de un sismo social que degollará a los reyes e implantará la democracia. Los líderes de esta conspiración son Diderot, hijo de un fabricante de cuchillos, dramaturgo, teólogo y abogado, y D’Alembert, músico, matemático, astrónomo y genio de salón. En la legión de colaboradores de la empresa se destacan Rousseau, químico, músico y filósofo, experto en educación y pésimo padre; Voltaire, o el estilo, y Montesquieu, cronista y maestro de la filosofía política. Como todos escribían muy bien, la enciclopedia no resultó aburrida: “Trabajo: s. m. Ocupación diaria a la que el hombre está condenado por necesidad y que compromete, al tiempo, su salud, su subsistencia, su felicidad, su sentido común y tal vez su virtud. La mitología lo considera un mal y lo cree nacido de Erebo y de la Noche (los antiguos llamaban Erebo a una parte de su infierno, que era el lugar a donde iban los que habían vivido bien)”.


En 1726 los chinos hicieron una enciclopedia a escala china, la Gujin tushu jicheng, que consta de 745 gruesos volúmenes.


En el mismo siglo los ingleses hicieron la enciclopedia más legible, la Británica: sus artículos están firmados por Wilde, Chesterton, Shaw,  Russell, Henry James, Aldous Huxley, H. G. Wells, Churchill y otros fulanos. De aquí la jactancia inglesa: las enciclopedias se consultan, la Británica se lee. Desde 1901 la obra es editada en los Estados Unidos.


El principal aporte enciclopédico de nuestro tiempo son unos bibliotecarios capaces de encontrar en 0,18 segundos cientos de miles de páginas sobre los tachyones, digamos, las únicas partículas del universo con licencia para invertir la flecha del tiempo y viajar al pasado.

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