Por: Reinaldo Spitaletta

El uribismo, cuesta abajo

SE ALBOROTÓ EL COTARRO POLÍTICO en el país con el cuento de que Uribe no irá más en 2010, y parece ser que la fuente de la noticia fue el Ministro de Defensa. Y también se dice que el Presidente se puso bravo con la especie, porque, según se rumora en los cafetines y otros conversaderos, él ha expresado que nadie tiene por qué interpretarlo. Bueno, vamos a ensayar algunas interpretaciones.

Hasta ahora el Presidente no ha dicho públicamente que no quiere otra reelección. Él, que es un apasionado a ultranza por el poder, cual emperadorcito, puede estar a la espera de la famosa hecatombe y, de otro lado, a madurar las condiciones “legales” para poder aspirar de nuevo. Esta situación fue evidente en una madrugada de diciembre último con esa suerte de emboscada del referendo reeleccionista. Su mismo asesor presidencial, que dice se retirará en marzo, advirtió que hay que buscar las adecuaciones para que él quiera y además pueda. Así que nada raro que vuelvan a pasarse por la faja la institucionalidad.

En otro frente de la disputa presidencial están hoy sus colaboradores, que aspiran a relevarlo, entre los que figuran el ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, y el Ministro de Agricultura, pero también los godos quieren estar entre los elegidos. Dentro de éstos hay algunos que opinan que ya a Uribe le llegó el momento de entrar en sus cuarteles de invierno, porque, además, el uribismo se está resquebrajando.

Y ese desmoronamiento se siente, sobre todo, en sectores populares, los más afectados por la política plutocrática del Gobierno. El hecho relevante de la extensión de la miseria, la pobreza y la indigencia, da cuenta de un sistema antipopular que sólo se ha preocupado por aumentar las riquezas de banqueros y otros potentados. Las viejas consignas electoreras de Uribe de luchar contra la corrupción y la politiquería la realidad las volvió trizas. Una y otra encontraron terreno abonado para su indigno crecimiento en el país.

Y qué tal la barbarie de los denominados falsos positivos. Los procedimientos del Ejército de desaparecer ciudadanos, ejecutarlos y hacerlos aparecer como guerrilleros ponen al Gobierno y su seguridad democrática en el infame escalafón de las viejas dictaduras del Cono Sur del continente. A esto –que no es poco– hay que agregar los asuntos de la parapolítica y la yidispolítica.

Hay que recordar que la reelección se aprobó con compra de votos, en un escándalo que todavía no ha sido resuelto y tiene vinculados a miembros del uribismo y a inmediatos colaboradores del Presidente, como Sabas Pretelt y el ministro de Protección, Diego Palacio. El uribismo y aun el mesianismo de Uribe están cuesta abajo en su rodada. Esta mazamorra vinagre hay que ajustarla con la responsabilidad que el Gobierno tuvo en la tumbada de miles de “compatriotas” (un término bastante socorrido en estos seis años) en el sonado episodio de las pirámides.

Hay que sumar al despelote, la crisis económica que está a la vista y se manifiesta en mayor desempleo, más pobreza, más exclusión. El proyecto uribista cada vez cuenta con más resistencia del pueblo. Así se apreció el año pasado, cuando la minga indígena, los corteros de caña, los estafados por las pirámides, los trabajadores judiciales, el notariado, en fin, expresaron su inconformidad con las políticas oficiales, que incluyeron represión y declaratorias de conmoción interior.

Podemos adicionar otro elemento: el quiebre de la coalición uribista, algunos de cuyos miembros, como Vargas Lleras y Marta Lucía Ramírez, están buscándole reemplazo al patrón. O ser uno de ellos el sucesor. Y así, unos y otros, buscan en la rebatiña quién será el heredero, aunque, al final de cuentas, cuando Uribe diga que sí y que además pueda, se plegarán de nuevo para no perderse el reparto del botín.

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