Por: Cecilia Orozco Tascón

El uribismo en su laberinto

“Somos felices”, dicen las parejas famosas antes de anunciarles a sus seguidores que se van a divorciar. Disipan, así, los rumores que se cuelan por las hendijas de la alcoba matrimonial, mientras pueden manejar la situación. Este no sería el caso del partido de gobierno frente al presidente de la República —con apenas un mes de ejercicio en el cargo—, de acuerdo con el insólito comunicado que el uribismo publicó en su página oficial, el lunes pasado. Insólito, sí, por cuanto la lógica indica que uno no aclara lo que no está oscuro; y, también, enigmático, puesto que da la impresión de que contiene, más que una reafiarmación de unión de su colectividad, un llamado de atención a sus miembros díscolos, los cuervos que podrían sacarle los ojos al retoño político de su criador. Dice el texto frases obvias y, por eso, más sospechosas: que “el Centro Democrático “ratifica con orgullo” que es el partido de la administración; que su bancada en el Congreso “acompaña de manera incondicional al presidente… respetando su autonomía y sus decisiones…”; y, también, que “está trabajando en el paquete de proyectos presentados por el Ejecutivo…”. Y añade lo que termina siendo una confesión: “queremos enviar un mensaje de unión y fortaleza a todos nuestros militantes y corporados (sic) para no dejarnos distraer… y al mismo tiempo avanzar… de la mano de nuestro presidente Iván Duque”.

De manera paradójica, o tal vez calculada, en la página web en que se aloja el inquieto manifiesto de unidad, también se consigna la opinión del cuervo mayor —más bien, buitre—, a quien el redactor del comunicado, de inconfundible sello, debe estar dirigiendo su solicitud: Fernando Londoño. Este ha logrado posicionarse como el jefe del ala más extremista del uribismo, una especie de temible Ku Klux Klan criollo que actúa, incluso, contra sus pares de raza si estos se muestran flexibles. En su comentario, el exministro le enrostra su carrera pública al jefe de Estado, desde cuando “Uribe lo trajo a Colombia y lo hizo senador… para sorpresa de unos y molestia de otros”. Y aunque, taimadamente, alaba su espíritu trabajador, recuerda que el mandatario ocupa su puesto, gracias a que el expresidente “lo lanzó al estrellato en una precandidatura «fríamente calculada»” y a que, durante la campaña, “se los enseñó a los colombianos” hasta cuando “Duque fue elegido presidente”.

Asegura Londoño, para reiterar la luna de miel que vive el Centro Democrático con su representante en la Casa de Nariño, que “ni Duque es un subalterno de Uribe ni Uribe ha pretendido que lo sea”, tratando de aclarar la oscuridad. Y traduce, luego, lo que tenía atragantado: “probablemente a Uribe lo impacienta cierta lentitud de Duque en el complejo arte de gobernar. Tal vez, como muchos, hubiera pensado que Duque juraría su cargo con decisiones de fondo. Por ejemplo, frente a la política que enfrente (sic) al narcotráfico, frente al tema de las Farc, frente a la cuestión del mando militar y policial”. Pero no se satisfizo con tal andanada. Por el contrario, subió los decibelios de su cantar de tablas: “Pudo no estar de acuerdo Uribe con la pasividad de Duque en la elección de contralor… cuando fue activo y determinante en la elección de presidente del Congreso…; pudo parecerle sorpresivo e ingrato ver a Timochenko y Lozada… participando en el diseño de la política anticorrupción después del lamentable acto electoral que le costó… la exaltación publicitaria de la izquierda y de Claudia López”.

Concluyó con una advertencia que, a pesar de que fue antecedida con la frase paliativa: “para una separación dramática hay una larga distancia”, a mí, me sonó a amenaza: “Duque entiende que sin Uribe… mal parado estaría su futuro”. Y su sentencia final: “que estamos impacientes, no cabe duda… Duque lo tiene que comprender y es lo que Uribe y cuantos lo elegimos estamos esperando”. Londoño no está solo. Es fácil admitir que Lafaurie, Cabal y Nieto Loaiza, entre otros, lo acompañan disimulando, a medias, su disgusto con el tono duquista. La persistencia del mandatario en mantener contra toda prudencia diplomática, el nombramiento del anulado exprocurador Ordóñez en la OEA, parece ser un intento de bajarle espuma a la marea. Los acontecimientos políticos están dando la razón, más pronto de lo que se creía, a quienes aseguran que una cosa es oponerse y otra gobernar. El uribismo en su laberinto.

 

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