Conversatorio de Colombia 2020

hace 5 horas
Por: Cecilia Orozco Tascón

El uribismo se enfrentará a una Colombia nueva

Con la cara nueva de Iván Duque y el gesto de bondad que ella refleja, el uribismo volverá, muy seguramente, a controlar el Ejecutivo a partir del próximo domingo, soportado por millones de votantes ciegos, sordos y mudos que no quieren ver, oír ni criticar la estela de ilegalidad que dejaron los dos gobiernos del jefe del que van a elegir, a pesar de la contundencia de los hechos que han ido descubriendo periodistas y jueces. Volverá, probablemente, el uribismo tenebroso soportado, también, por otros votantes a quienes les place que desde la Casa de Nariño se hubiera auspiciado la comisión de graves delitos porque militan en el extremismo derechista que justifica el uso de cualquier medio con tal de conseguir el fin: asesinatos de jóvenes vulnerables con el disfraz macabro de cadáveres, para simular el triunfo en la guerra; persecución a líderes de las comunidades, para impedir la exigencia de derechos; montajes mediante ‘informes de Inteligencia’, para desprestigiar los focos de autonomía campesina o citadina; seguimientos e interceptación de comunicaciones, para descubrir las debilidades de los opositores; tácticas jurídico-políticas, para minar la independencia de la prensa…

Como dije, seguramente con Iván Duque y, tal vez, por encima de él y de su discurso conciliador, volverá el grupo vengativo que lo ha impulsado, a cobrar lo suyo. Allí veremos acaparando los puestos de control del poder al propio Álvaro Uribe, nombrando ministros, directores, generales y coroneles que le tendrán que rendir pleitesía; a Fernando Londoño, con su odio reconcentrado, buscando la forma de volver “trizas” a sus enemigos personales; a Alejandro Ordóñez, sin el as de la Procuraduría en su mano pero con la carga de la retaliación activada, escogiendo a quién castiga y a quién premia; a José Obdulio Gaviria y tras este a sus peones rugeles, yamhures, restrepos y demás, buscando a sus presas para destrozarlas; a los ganaderos de las Convivir dirigidos por el señor Lafaurie, preparando la revancha, y a las temibles señoras medio machonas —y “boquisucias”, en definición del senador Uribe— Cabal, Holguín y Valencia, tomándose el Congreso para aprobar o vetar leyes y normas.

Pero este ya no es el país del 2002 ni el del 2006. Colombia cambió durante la era Santos, gústenos o no el actual mandatario y sus administraciones. El Acuerdo de Paz que Juan Manuel Santos firmó con el enemigo histórico del Estado no solo desactivó a 7.000 hombres con sus armas, sino que permitió que la sociedad que se ha considerado, a sí misma, buena, decente y perfecta, revisara su lado más oscuro y feo: el de la corrupción, las trampas, la defraudación, las mentiras y las traiciones de unos y otros. Caído el telón del conflicto que nos enfrentaba a seres que creíamos que eran de otro planeta, otros millones de colombianos distantes del uribismo —más del 50 % si nos atenemos a los resultados favorables a Petro, Fajardo y De la Calle—, se liberaron y empezaron a votar como les dio la gana. Es decir, en contra de los partidos de siempre con sus connotados jefes, incluido Uribe puesto que también este ha sido y es parte del sistema político clientelista cuya fecha de caducidad se aproxima.

A esos nueve millones de electores libres no los va a dominar esta segunda era uribista: su educación política ha crecido. Empieza a manifestarse no solo con la elección inteligente de su voto sino con el impacto que han generado destacados personajes dentro de las colectividades tradicionales, además, desde luego, de los movimientos verdes, polistas y petristas. No en vano figuras de ese mundillo comienzan a alejarse de sus estructuras: Juan Manuel Galán y Juan Fernando Cristo y los más jóvenes Luis Ernesto Gómez y Daniel Quintero, del Partido Liberal; Luis Felipe Henao y Carlos Fernando Galán, de Cambio Radical. Y, por supuesto, los excandidatos Sergio Fajardo, apoyado por Claudia López y Jorge Enrique Robledo, y, de otro lado, Humberto de la Calle se insertan en una Colombia más moderna. El gobierno 2018-2022, quiera que no, estará obligado a tenerla en cuenta o fracasará.

 

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